La propuesta de Andrey Zignnatto de bloques calados

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Durante la últimas décadas del siglo pasado y las primeras de este, en los proyectos arquitectónicos considerados de lujo en Dominicana —desde torres residenciales hasta edificios corporativos— hubo un rechazo casi generalizado a las soluciones tropicalistas. Dígase: todo lo que nos recordase el calor caribeño estaba considerado algo negativo; por eso, el porcelanato, el aire central y espacios como el llamado family room han sido vendidos durante tanto tiempo como parte de una oferta “de primera”. Ese cuadro implica que los elementos de bajo impacto, como los bloques calados —esa solución que permite tanto la modulación de la iluminación natural como el paso semiabierto de la ventilación—, fueron vistos apenas como una solución para hogares de bajos recursos.

Y así como pasa aquí pasa en otras naciones latinoamericanas con complejos y aspiraciones similares a la nuestra… en particular, en Brasil, un país con una composición racial, climática y socieconómica tan similar a nuestra situación que puede considerarse una Dominicana a gran escala. La nación sudamericana, para colmo, es el lugar de nacimiento del cobogó —así se le llama en portugués al bloque calado—. Este elemento de construcción fue creado en 1929 por tres ingenieros —de apellidos Coimbra, Boeckmann y Góes, con la primera sílaba de cada apellido dando nombre a las piezas— en la ciudad nordestina de Pernambuco. Buscando un elemento arquitectónico que permitiera el paso de la luz y el aire para contrarrestar el calor y la humedad, se inspiraron en los muxarabis árabes construidos en madera. Para cuando Lúcio Costa y Oscar Niemeyer tuvieron en sus manos la construcción de una nueva capital para el país, en la Brasilia de 1960, el cobogó formó parte de su propuesta de estética modernista de ciudad. Ya para cuando el país comenzó a mirar al futuro y al norte, el bloque calado fue desechado como una propuesta anticuada y de tecnología rudimentaria. Era, para muchos aquí y allá, apenas una memoria de la casa de los abuelos.

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Precisamente de un abuelo obtuvo el artista paulista Andrey Zignnatto su inspiración para uno de sus proyectos. Como albañil, su vovô trabajaba precisamente con bloques calados en distintos patrones geométricos, y esos objetos fueron parte de la memoria visual y táctil que guardó su nieto de sus interacciones. Como escultor autodidacta, Zignnatto ha tomado ese elemento supuestamente humilde, casi anónimo y poco valorado, para convertirlo en una pieza en la creación de formaciones casi topográficas, mantas de curvas imposibles y torres amorfas todas compuestas de cobogós que realiza individual y artesanalmente en barro. En sus tres años de investigación en una fábrica de bloques y ladrillos su natal Jundiaí, esas fueron las provocaciones que resultaron de sus interacciones con las piezas tradicionales: una forma de utilizar la escultura casi arquitectónica para obligarnos a ver el potencial plástico y la belleza del bloque calado más allá de lo que nuestros prejuicios nos permiten. Por ejemplo, en la más reciente edición de ZONAMACO, en Ciudad de México, la Galería Janaina Torres —representante de Zignnatto— presentó una serie de mantas de pequeños cobogós, colgadas en barras de metal como si desafiaran varias leyes de la física. Son experimentos materiales que provocan desconcierto: ¿No se supone que ese elemento tiene sus posibles aplicaciones contadas? ¿Por qué nos obligamos a reducir el bloque calado, entonces, a ser un objeto que nos lleva al pasado y que limita la expresión formal? “Esa es la pregunta que se han estado haciendo muchos arquitectos brasileños en los últimos 10 años”, afirmó Zignnatto. “Hay un descontento colectivo contra el rechazo al cobogó, y por eso estamos viendo cada vez más arquitectos experimentando con este elemento, rescatándolo en todo tipo de edificaciones”.

En Brasil Marcio Kogan utilizó paneles modulares de cobogós para la casa del mismo nombre, desarrollados con software ideado por el estudio de tecnología 3D de Frank Gehry. En la misma México, La Tallera de Frida Escobedo tiene un cuerpo central de bloques calados entre dos “alas” inclinadas, formadas por murales de Siqueiros. ¿Y en Dominicana? Según cuenta Jorge Aguayo, presidente de Industrias Aguayo —una de las pocas productoras locales de bloques de este tipo—, cada vez más arquitectos han tocado sus puertas con peticiones de calados personalizados. “En los últimos cinco años, el interés se ha multiplicado”, explicó Aguayo. “Todavía no se ha masificado porque el proceso de producción es complejo, ya que requiere una inversión considerable en la fabricación de un molde a la medida. Sin embargo, el solo hecho de que la intención está ahí indica que es cuestión de tiempo hasta que recuperemos esa apreciación”.

Mientras tanto hay proyectos que han utilizado los bloques ya disponibles en el catálogo de Aguayo, dándoles un giro propio y muchas veces inesperado. Por ejemplo, está el trabajo de Marquitos Malespín para Vistas Golf and Country Club, un nuevo complejo ubicado sobre la avenida Circunvalación. “Él tuvo la idea de tomar el block calado cilíndrico, un elemento tradicional de hormigón, y pintarlo de un fucsia intenso para crear dos estructuras llamativas y utilizarlas como entradas para los baños”, explicó Aguayo. “Eso te dice que hay muchas formas de ver un mismo elemento, por limitado que parezca”.

Del lado puramente visual hay cuentas como @bloquecalado, una recopilación de los muros horadados más llamativos de Santiago de los Caballeros. Hay muestras de la calle Benito Monción, del campus de la PUCMM y hasta piezas residenciales en forma de trébol. La cuenta fue abierta en 2015 —lo cual confirma la percepción de Aguayo del aumento del interés por los calados desde hace aproximadamente un lustro—.

En otras palabras: el descontento colectivo que apareció hace una década en Brasil está ya surgiendo aquí; quizás falta poco para que el bloque calado vuelva a calar. Apreciar las soluciones de nuestros antepasados para lidiar con nuestro clima no es un retroceso; más bien, es una forma de pararnos sobre los hombros de gigantes y hacer arquitectura más honesta, más amable y más abierta a las realidades de nuestro entorno.

Contenido original de Design Week RD.

Fotos: Filipe Berndt y cortesía de Andrey Zignnatto

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