Autos con parlantes animan fiestas callejeras en Venezuela

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Decenas de personas bailan pegaditos en un barrio de las afueras de Caracas. Es casi la medianoche y cuando empieza a sonar “Do It To It”, popularizado por TikTok, hay tantos jóvenes, adultos y niños que bloquean la calle, ignorando el mal olor que viene de un camión de basura abandonado no muy lejos.

La música ensordecedora proviene de parlantes instalados en las cajuelas de autos y camionetas, que compiten para ver cuál tiene el sistema de sonido más potente.

Estas fiestas callejeras, en las que suena música electrónica, vallenato, bachata y otros ritmos, permiten a jóvenes y viejos disfrutar del baile en barrios donde ya no hay discotecas o su precio es prohibitivo.

“Hay que sentirlo, hay que vivirlo… Con el ‘car audio’ cierras los ojos y te elevas”, dijo Luis Daniel “El León” Castro, dueño de uno de los autos. “Es algo indescriptible”.

El baúl del Hyundai Getz de cuatro puertas de Castro tiene cuatro parlantes, amplificadores, bajos y un espacio libre para impresionar: Puede tirar su camisa allí y la tela rebotará al ritmo de la música. La tapa de la cajuela es tan pesada, que cinco personas tuvieron que empujar hacia arriba para abrirla.

Los autos empiezan a llegar al caer la noche al Petare, uno de los barrios marginales más grandes de América Latina. Durante un rato, autos, motos y algunos autobuses logran pasar, haciendo que la gente se corra. Pero a medida que se acerca la medianoche y llega más gente, el transito se paraliza.

Este fenómeno, por caro que sea, está volviendo a ganar fuerza en Venezuela a medida que su economía se resiente. Millones de personas cayeron en la pobreza en el marco de una profunda crisis política, social y económica, pero el dólar circula más libremente que antes de la pandemia del coronavirus. Y hacen falta bastantes dólares para convertir los autos en cajas musicales.

En la antesala del carnaval, empleados del negocio de Carlos Arocha miden, lijan, cortan y pintan piezas hechas a medida para las camionetas que llenarán de música las playas. Equipar un auto puede tomar un mes y costar fácilmente 10.000 dólares, más que el mismo vehículo.

“En Venezuela siempre ha existido ese hobby de gastarle dinero a los vehículos. No sé por qué. Es algo que se nos han implantado desde hace años”, dijo Arocha. “La gente ve cómo hacer para colocarle el sonido. Hay gente que no tiene ni casa”.

Arocha, quien lleva 13 años en este negocio, dijo que algunos comercios del ramo cerraron durante la crisis.

La misma noche que Castro y sus amigos celebraban en Petare, un grupo de estudiantes universitarios festejaban su graduación en un barrio vecino con varios autos estacionados debajo de un paso peatonal. Unas 50 personas bailaban en el sector.

Algunos jóvenes se acercaban a los parlantes, sonreían y con los ojos bien abiertos señalaban algunos parlantes.

La gente de este barrio sabe de penurias, tiene varios trabajos y depende del dinero que familiares le envían del exterior. Pero también sabe bailar para olvidarse de sus problemas, al menos por unas horas.

“Lo veo como una fiesta, algo muy bueno, que a todos nos gusta a pesar de la situación”, declaró Luis Mediavilla, un estudiante de 18 años. “Aquí uno disfruta, vive y goza como quien dice. Es muy bueno todo lo que hacen… Hay diversión, locura, competencia. Es algo muy bueno”.

Señaló que las batallas entre los autos hacen que la gente se divierta sin necesidad de ir a la ciudad, a una discoteca, o tener que gastar 30 dólares en una botella de ron que en el barrio cuesta 10 dólares.

En el pasado, los dueños de los autos y las autoridades terminaban enfrascadas en un juego del gato y el ratón, pero nadie interfirió con la batalla que disfrutaba Mediavilla.

El ruido a veces molesta a los vecinos, pero los comerciantes venden más tragos, comida y cigarrillos.

Erly Ruiz, profesor de sociología de la Universidad Central de Venezuela, dijo que los autos y los bailes callejeros les dan a los asistentes un sentido de pertenencia.

Los carteles en las puertas de las discotecas pueden excluir a algunos, pero las fiestas callejeras están abiertas a todo el mundo.

“Pongo la música y de repente puedo sacarme la camisa, el saco”, dijo Ruiz. “En la calle desaparecen por completo todas estas reglas que normalmente no me dejan divertirme como quiero”.

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