Balaguer de cerca

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Durante más de una década, amigos cercanos me sugerían insistentemente que escribiera sobre mis conversaciones con Joaquín Balaguer, y a todos les respondía que mis diálogos con este extraordinario estadista me agradaba recordarlos con satisfacción personal antes que darles difusión pública.

Sin embargo, un detalle doméstico modificó mi opinión. Una tarde cualquiera, mi hijo Cándido Alexander me recordaba con cariño la primera vez que lo llevé a conocer al celebrado gobernante. Alexander tendría 14 años de edad cuando disfrutó, me lo confesó después, el agrado de ser interrogado paternamente por el poeta:

–¿Qué profesión te gustaría estudiar, mi hijo?

–Me gustaría ser piloto de un avión Boeing 747, –le respondió mi hijo.

Balaguer sonrió con la ocurrencia, pero aprovechó para disuadirlo y le sugirió que estudiara ingeniería, porque “la ingeniería deja mucho dinero y ser piloto es muy peligroso”.

Entonces, al reflexionar sobre esos agradables recuerdos que quise atesorar en mi memoria, decidí, no obstante, llamar al general Luis María Pérez Bello, para comunicarle la decisión de escribir para mis hijos y nietos la dicha de haber interactuado con uno de los gobernantes más brillantes de la historia dominicana.

En efecto, le transmití al afable asistente militar de Balaguer durante muchos años que, siendo su persona un honroso testigo de excepción de mi amistad con el poeta Balaguer, mi palabra tendría credibilidad histórica.

Al general Pérez Bello le satisfizo la idea, y añadió: “(…) porque el presidente Balaguer le tenía a usted alta estima, y cuando lo visitaba en el Palacio Presidencial y o en la residencia, sentía mucha alegría con su presencia”.

Incluso, me reiteró el general Pérez Bello que: “Cuando el presidente y usted entraban en prolongada conversación, nunca me apersoné para hacerle siquiera una señita para que usted abreviara, porque había funcionarios y personalidades aguardando para entrevistarse con el señor presidente”.

Cuando este humilde servidor visitaba el jefe de Estado, él se sentía relajado y nuestra conversación se extendía más de lo usual, porque no le llevaba preocupaciones y nunca le pedí nada. Cada vez que lo visitaba en el Palacio Nacional y/o residencia, salía de allí muy alagado por su rica conversación tan variada en temas políticos y literarios.

Estimado lector: Todo lo narrado en este artículo forma parte de una experiencia inolvidable, por la trayectoria histórica del doctor Balaguer, lo que me motiva a hacerla pública para un mejor conocimiento de la faceta íntima entre dos poetas, como él siempre entendía nuestros diálogos.

Siempre que lo visitaba en su residencia de la avenida Máximo Gómez, núm. 25, el general Pérez Bello, cortés y educado, me esperaba al pie de la escalinata que conducía al área privada del líder político y abría la puerta para que quien esto escribe entrara, y él se retiraba para que Balaguer y este servidor iniciáramos dichos diálogos sin interrupciones.

En síntesis, nuestras conversaciones comenzaban con temas literarios y terminaban, por lo regular, matizadas de episodios de su vida y su larga experiencia en el quehacer político.

Se ignora si estaba Joaquín Balaguer Ricardo diseñado para ser estudiado por la ciencia o si su enigmática figura estaba expuesta al inevitable escrutinio de la historia.

Lo cierto es que, al estudiar el dominio de su particular conducta y enjundia, generaba brío y acierto en un marco de pasión, lucidez y talento, como lo justificaba en José Vasconcelos, Antonio Acevedo Escobedo.

Los conceptos expresados en torno a la personalidad de Balaguer están plasmados con hilos de plata en su esculpida y controversial obra literaria y política, realizada con la paciencia del alquimista. Obra la suya de inevitable controversia, intrépida en su imaginación, rica en espontaneidad pedagógica y contenido semántico como filólogo que fue en su tiempo.

Balaguer fue un estadista de “carne y hueso” y no un predestinado como llegaron a considerar la mayoría de sus admiradores. En una ocasión me recordó: “Todo se fundamenta en el destino y la circunstancia, y a partir de estas ideas me considero un hijo del destino y de la circunstancia, porque a final de cuentas, el destino y la circunstancia son los que determinan la existencia humana”.

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