Reseña: El dolor y la belleza de «Crimes of the Future»

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El dolor es esencialmente algo del pasado para algunos en “Crimes of the Future” de David Cronenberg, una meditación densa, hermosa y grotesca sobre el cuerpo, la creación y el arte. El sufrimiento sigue vivo, pues todos lidian con la enormidad del hecho de que la evolución humana ha tomado un rumbo equivocado.

Puede que sea más desconcertante que esclarecedora, pero sin duda es una experiencia cautivadora única con creaciones tremendamente imaginativas, actuaciones interesantes, ideas desafiantes y una de las mejores partituras del año.

Cronenberg, cuyo nombre está destinado y condenado a ser mencionado cada vez que cualquier cineasta intente darle un giro al “terror corporal”, se volvió viral por un comentario en el que predijo que algunas personas saldrán de su película en los primeros cinco minutos. No se refería a todos los públicos, aclaró, solo a una audiencia de festivales en busca de fiesta que no está familiarizada o abierta a su trabajo. Aún así, es el tipo de comentario provocador que parece un desafío, y no uno para tomar a la ligera del hombre que hizo “The Fly” («La mosca»), “Crash” («Crash: Extraños placeres») y “Videodrome” («Cuerpos invadidos»).

Y, de hecho, algo bastante inquietante sucede en los primeros cinco minutos. Pero la forma en que describe el acto horrible se hace con suficiente solemnidad para disipar cualquier preocupación de que esté allí por valor de impacto de explotación. Simplemente intriga saber hacia dónde va todo esto. Y cuenta con la ayuda de la triste y magistral partitura de Howard Shore.

Este es un mundo en el que los cuerpos están mutando. Viggo Mortensen, interpretando a Saul Tenser, forma órganos nuevos y novedosos regularmente. En lugar de simplemente sacar a los visitantes no invitados de un hospital, él y su compañera Caprice (Léa Seydoux) lo han convertido en una oportunidad para el arte escénico. La cirugía invasiva y el manejo del dolor se han vuelto cosas que las personas hacen por sí mismas, con la ayuda de máquinas personalizadas parecidas a extraterrestres, que sostienen y manipulan su cuerpo y anticipan el dolor.

La cirugía de Saul, que realiza Caprice, es un espectáculo público cargado de significado y metáfora. Sus órganos extraídos se convierten en especímenes para exhibición.

Y no es tan repulsivo o punitivo como podría sonar — créele a esta crítica extremadamente aprensiva que entró con el estómago vacío, esperando lo peor. También podría haber sido bastante horrible: hay sangre y escalpelos, carne expectante (el torso de Mortensen casi merece un crédito de reparto), incisiones en abundancia, órganos palpitantes, arcadas, taladros, vómito púrpura, saliva turbia y un hombre con orejas por todo el cuerpo interpretando una danza moderna. Sin embargo, al igual que los primeros cinco minutos, “Crimes of the Future” no parece haber sido diseñada para impactar y perturbar. Las emociones baratas son para los novatos. Cronenberg tiene cosas que quiere decir: sobre arte, sobre dolor, sobre sacrificio personal, sobre evolución, sobre creatividad, sobre ética, sobre sexo y sobre belleza.

Hay muchas tramas y conspiraciones en torno a Caprice y Saul, incluido un nuevo departamento secreto del gobierno llamado Registro Nacional de Órganos y dos bichos raros (Kristen Stewart y Don McKellar) que trabajan allí. Timlin (Stewart), respetuosa de las reglas y de voz suave, a quien Caprice llama “especialmente espeluznante”, se convierte en una superfan lujuriosa después de ver su espectáculo. Hay algunas técnicas extrañas, interpretadas por Tanaya Beatty y Nadia Litz, el padre afligido (Scott Speedman) de un niño muerto que merodea por sus shows, y un detective (Welket Bungué) que agrega un elemento noir a los procedimientos.

Si bien nunca culparé a una película de tener mucho en mente, “Crimes of the Future” a menudo también parece tratarse de todo y de nada. Es infinitamente citable y también difícil de digerir en una sola sesión.

“Crimes of the Future”, que Neon estrena en cines el viernes, tiene una clasificación R (que requiere que los menores de 17 años la vean acompañados de un padre o tutor) de la Asociación Cinematográfica de Estados Unidos (MPAA, según sus siglas en inglés) por “contenido fuerte, perturbador y violeto e imágenes espeluznantes, desnudez gráfica y algo de lenguaje soez”. Duración: 107 minutos. Tres estrellas de cuatro.

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