Este artículo fue publicado originalmente en El Día.
Santo Domingo.- El nombre de Davy Carlos Abreu Quezada hoy resuena no solo por la violencia de su muerte, sino por el profundo vacío que deja en su familia. Cinco hijos quedan en la orfandad, enfrentando una ausencia que llegó, según sus parientes, de la forma más injusta y dolorosa.

En medio del llanto, su madre clama por justicia. “Mi hijo no se merecía esta muerte tan mala”, repite, aferrada a la esperanza de que el caso no quede impune.
La tragedia también golpeó a sus hermanos. Wilkaysa Marable relata con impotencia cómo Davy, herido, buscó ayuda sin recibirla. “Nadie lo acudió… lo dejaron desangrado”, dice, cuestionando tanto al agresor como a la indiferencia de quienes estaban presentes.

La familia se enteró de lo ocurrido por un video que se hizo viral, mientras atravesaban otro duelo: el velorio de un tío. La noticia llegó sin aviso, con la crudeza de ver sus últimos momentos expuestos en redes.

Su hijo mayor, Ronald Abreu, lo recuerda como un hombre trabajador y querido. “Desde que llegaba ese camión al barrio, todo el mundo estaba afuera saludándolo, porque era una gente de bien”, cuenta.
Davy tenía alrededor de tres años viviendo en Santiago. Su familia insiste en que no era una persona conflictiva, sino alguien dedicado a su trabajo y a los suyos.
Una herida social más profunda
Para la psicóloga Miosotis Grullón, este caso no solo refleja un hecho aislado, sino un problema social más amplio.
“A nivel psicológico, esto genera desesperanza aprendida e impotencia colectiva: la gente internaliza que ‘denunciar no sirve’ y deja de buscar ayuda”, explica.
Advierte que cuando un ciudadano pide auxilio y no lo recibe, el impacto va más allá del individuo.
“A nivel social se erosiona la confianza en las instituciones. El mensaje que queda es: ‘ni el Estado te salva’, y eso aumenta el miedo y el silencio”.
Grullón señala que la percepción de que la violencia es cada vez más frecuente en República Dominicana tiene raíces claras.
“La mayoría de los conflictos se producen por situaciones triviales: roces de vehículos, discusiones por parqueos, ruidos o deudas mínimas. El problema es que escalan rápidamente”, describe.
A esto se suma la facilidad de acceso a armas y factores culturales.

“La violencia se está normalizando desde edades cada vez más tempranas”, afirma, al tiempo que destaca el peso del machismo y las desigualdades sociales: “La violencia también es consecuencia de normas, roles y relaciones desiguales de género”.
La especialista es enfática: “Sí, hay una normalización de la violencia. Cuando algo grave se vuelve cotidiano, deja de causar alarma”.
Esto, explica, tiene consecuencias directas en la conducta social. “La gente tolera más, denuncia menos y empieza a resolver conflictos con agresión porque ‘así se hace aquí’. También baja la empatía: el dolor ajeno impacta menos”.
Uno de los aspectos más cuestionados del caso ha sido la reacción de quienes presenciaron la escena. Para Grullón, esto tiene explicación psicológica.
“Es el efecto espectador o bystander effect: cuando hay muchas personas, cada quien siente menos responsabilidad de actuar. Piensan ‘que lo haga otro’”, señala.
Pero no es el único factor. “También influye el miedo real a intervenir, porque puedes salir herido o muerto. Y hay una búsqueda de validación social: grabar da visibilidad, ‘likes’, atención”.
Añade además la desensibilización: “Si ves violencia constantemente, el cerebro la percibe como menos urgente”.
Y hay un elemento clave: la desconfianza institucional: “Muchas personas piensan: ‘¿para qué llamo al 911 si no van a llegar?’ Entonces prefieren grabar para denunciar en redes”, señala la especialista.
¿Qué se puede hacer?
Para la Miosotis, revertir esta realidad requiere acciones concretas.
“Se necesita trabajar varios frentes: educación desde las escuelas para identificar y frenar la violencia temprana, enseñar primeros auxilios psicológicos y proteger a quienes denuncian”, explica.
También insiste en la necesidad de consecuencias claras:“Cuando alguien pidió ayuda y el sistema falló, debe haber sanciones ejemplares. Eso devuelve confianza”.
Y a nivel cultural, plantea un cambio de enfoque: “Hay que romper el efecto espectador. Como sociedad debemos empezar a valorar y reconocer al que ayuda, no al que tiene el video más viral”.
Mientras tanto, la familia de Davy sigue esperando respuestas. Entre el dolor y la indignación, su historia deja una marca más allá de lo individual: cinco hijos sin su padre y una sociedad obligada a mirarse en el espejo de su propia indiferencia.
La publicación “Desde que llegaba ese camión al barrio, todo el mundo lo saludaba”: familia de Davy Abreu clama justicia apareció primero en El Día.


