Hay científicos que explican el futuro con solemnidad y otros que lo hacen como si estuvieran contando una anécdota en la sobremesa. Mateo Valero pertenece claramente al segundo grupo. Habla de supercomputadores, procesadores, inteligencia artificial, fusión nuclear o autonomía tecnológica europea con la misma naturalidad con la que menciona un plato de ternasco o lanza una frase que resume media geopolítica digital: “Sin chips no hay paraíso”.
Valero quería ser matemático, estudió Telecomunicaciones y acabó convirtiéndose en una de las figuras clave de la supercomputación en España (y en el mundo). Es catedrático de Arquitectura de Computadores en la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC) y al frente del BSC, ha logrado situar a Barcelona en el mapa mundial de la computación de altas prestaciones. De hecho, defiende que, gracias al talento que convive en las instalaciones, «por cada euro que se invierte, se generan unos diez» para Barcelona. Asimismo, su currículum abruma: más de 700 artículos publicados, más de 800 conferencias invitadas, premios internacionales de referencia, 14 doctorados honoris causa y un papel decisivo en la construcción de la independencia europea en HPC (High Performance Computing).
Pero Valero no habla de todo eso como quien repasa medallas. Prefiere contar que la asociación de madres y padres de alumnos de Alfamén (Zaragoza) decidió poner su nombre al colegio público donde estudió de niño y que los pequeños estudiantes actuales visitan cada año el BSC. O que en 1985 pidió 10 millones de pesetas al Ministerio de Industria para comprar una máquina con 64 procesadores porque la Universidad necesitaba un instrumento para conectar con la sociedad. De aquella intuición nació primero el Centro Europeo de Paralelismo de Barcelona (CEPBA), que años después sería el Barcelona Supercomputing Center.
Hoy, el BSC alberga MareNostrum 5, uno de los grandes superordenadores europeos de preexaescala: una máquina de más de 180 racks, 160 kilómetros de cableado y una capacidad de cálculo equivalente a la de 380.000 portátiles de gama media-alta. Lo que hace en una hora, a un ordenador común le llevaría 46 años. Desde allí, Valero defiende que la supercomputación ya no es una rareza reservada a unos pocos laboratorios, sino una infraestructura invisible que está detrás de la predicción meteorológica, la medicina personalizada, los nuevos materiales o los modelos de lenguaje. Una herramienta universal, dice, para hacer ciencia mejor y más rápido.


