Hermanas Mirabal: cuando una provincia exporta valor

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En Hermanas Mirabal confirmé una verdad que el país debe mirar con más atención: no siempre las provincias más grandes son las que mejor enseñan cómo se construye productividad. A veces una provincia pequeña, con memoria histórica profunda, comunidades trabajadoras y una agricultura organizada alrededor de productos de identidad, puede mostrarle al país una lección mayor: el desarrollo territorial no depende solo de producir, sino de transformar, asociar, certificar, empacar, exportar y lograr que más valor se quede cerca de quienes trabajan la tierra.

Hermanas Mirabal no puede ser reducida únicamente a su historia cívica, aunque esa historia sea una de las más poderosas de la República Dominicana. Tampoco debe ser vista solo como una provincia agrícola tradicional. Su verdadero valor estratégico está en la combinación de ambas dimensiones: una identidad moral reconocida por el país y una base productiva capaz de convertirse en marca territorial. Allí, el cacao, el café, el plátano, la yuca y otros cultivos no son simples rubros; son expresiones de una economía que, si se organiza mejor, puede generar más ingresos, más exportación, más empleo local y más dignidad.

La pregunta de productividad para Hermanas Mirabal no es si produce cacao. Eso ya lo sabemos. La pregunta importante es cuánto valor logra capturar a partir de ese cacao. Una cosa es vender grano; otra es clasificarlo, fermentarlo bien, secarlo con calidad, certificarlo, garantizar trazabilidad, convertirlo en manteca, polvo, chocolate, marca y producto exportable. La productividad moderna no consiste solo en aumentar volumen; consiste en subir en la cadena de valor.

Los datos ayudan a entender la oportunidad. Las exportaciones de la provincia pasaron de aproximadamente 2.4 millones de dólares en 2017 a 4.8 millones en 2018, 6.5 millones en 2019 y 9.4 millones solo entre enero y agosto de 2022. Además, en 2021, el cacao en grano fue su principal producto exportado, con alrededor de 10.95 millones de dólares, y el 88% de sus exportaciones se dirigió hacia Estados Unidos. Es decir, no estamos hablando de una vocación imaginada, sino de una provincia que ya ha demostrado capacidad real de colocar producción en mercados internacionales.

Pero ese mismo dato revela el desafío. Si el principal producto exportado sigue siendo cacao en grano, la provincia tiene una oportunidad enorme: no conformarse con exportar materia prima, sino avanzar hacia mayor valor agregado. Cada etapa adicional —mejor fermentación, mejor secado, clasificación, certificación, trazabilidad, procesamiento, empaque, marca, chocolate y derivados— puede significar más ingreso, más empleo técnico, más servicios locales y más capacidad empresarial dentro del territorio.

En mi paso por la provincia, esa idea se siente con claridad cuando uno mira la relación entre la tierra, el productor y la posibilidad de exportar. Detrás de cada saco de cacao hay familias, pequeños productores, caminos, centros de acopio, trabajo de selección, humedad que debe controlarse, compradores que exigen calidad y mercados que no perdonan la improvisación. La productividad no está solo en la finca; está en todo lo que ocurre entre la mata y el puerto, entre el productor y el consumidor final, entre el grano y la confianza que exige el mercado internacional.

La experiencia de APROCACI, la Asociación de Productores de Cacao del Cibao, ubicada en la carretera Tenares–Salcedo, ayuda a ponerle rostro a esa productividad. Una asociación de productores no es simplemente una estructura formal. Es una manera de reunir esfuerzos, ordenar calidad, transmitir conocimiento, acompañar al pequeño productor, negociar mejor y crear una base más sólida para competir. Cuando un productor se organiza, deja de enfrentar solo los costos, la información y el mercado. Gana escala, gana voz y gana posibilidad de capturar más valor.

Esa es una de las grandes lecciones de Hermanas Mirabal: sin asociatividad, la productividad se dispersa. Un productor aislado puede tener buen cacao, pero difícilmente puede sostener por sí solo estándares, certificaciones, volumen, negociación y acceso estable a compradores internacionales. La asociación permite que el esfuerzo individual se convierta en capacidad colectiva. Y en el campo dominicano, esa diferencia puede ser decisiva entre sobrevivir una cosecha o construir una cadena productiva.

También resulta importante mirar experiencias agroindustriales como Biocafcao, vinculada a productos derivados del cacao, certificaciones, calidad y trazabilidad. Ese tipo de experiencia ayuda a comprender el salto que necesita el territorio: pasar de la producción primaria a la agroindustria. Porque el cacao no termina en el grano. El cacao puede convertirse en ingrediente, manteca, polvo, chocolate, materia prima industrial, producto terminado, empleo técnico y exportación diferenciada. Ahí está la frontera de la productividad.

El valor agregado se entiende mejor con una imagen sencilla: el mismo cacao que sale como grano puede regresar al mercado en forma de chocolate, bebida, polvo, manteca o producto gourmet. Si el territorio solo participa en la primera etapa, captura poco. Si participa en más eslabones, captura más. Esa diferencia no es menor. Es la diferencia entre una provincia que produce materia prima y una provincia que construye industria, conocimiento y empleo.

Por eso, Hermanas Mirabal debe pensar su cacao como una cadena completa, no como un cultivo aislado. La productividad debe medirse por variables concretas: rendimiento por tarea, calidad de fermentación, reducción de pérdidas poscosecha, volumen certificado, precio recibido por el productor, cantidad de productos derivados, empleos vinculados al procesamiento, participación de mujeres y jóvenes, acceso a mercados de mayor valor y capacidad de exportar con identidad territorial. No basta con decir que la provincia exporta; hay que lograr que exporte mejor, con más valor local y con más beneficios para quienes sostienen la cadena.

El aprendizaje no se limita al cacao. La experiencia del zapote en Hermanas Mirabal y provincias afines mostró que la diversificación también puede convertirse en agroindustria cuando existe organización. Un fruto que parecía condenado a venderse con bajo valor pudo pensarse como pulpa, polvo, derivado y producto industrial. Esa referencia importa porque confirma una tesis: el campo dominicano tiene más valor del que suele capturar. El problema no siempre es la ausencia de producto; muchas veces es la falta de procesamiento, mercado, diseño, empaque, tecnología y visión comercial.

Hermanas Mirabal tiene condiciones para avanzar en esa dirección. Tiene tradición agrícola, productores organizados, experiencias empresariales, identidad reconocible y una ubicación que la conecta con dinámicas productivas del Cibao. Pero nada de eso se convierte automáticamente en desarrollo. Hace falta una estrategia territorial que conecte finca, asociación, centro de acopio, laboratorio de calidad, financiamiento, capacitación, empaque, registro sanitario, comercio exterior y marca provincial.

El Estado que funciona debe aparecer precisamente ahí. No para sustituir al productor ni a la empresa, sino para crear condiciones. Caminos productivos, asistencia técnica, sanidad vegetal, financiamiento paciente, laboratorios, apoyo a certificaciones, formalización, innovación, promoción comercial y acompañamiento exportador. Una provincia pequeña puede multiplicar su impacto si el Estado logra articular sus capacidades en vez de tratarlas como esfuerzos aislados.

Pero el centro de todo sigue siendo la gente. Detrás del cacao hay familias que cuidan parcelas, mujeres que participan en la economía rural, jóvenes que necesitan ver futuro en el campo, productores que esperan mejor precio y comunidades que saben que su bienestar depende de que la tierra produzca mejor. Cuando la productividad mejora, no mejora una cifra abstracta. Mejora la posibilidad de planificar, invertir, estudiar, quedarse en la provincia y vivir con menos incertidumbre.

En Hermanas Mirabal entendí que la productividad también tiene memoria. Una provincia que lleva el nombre de mujeres que representan dignidad, coraje y conciencia nacional no puede conformarse con vender barato lo que produce con tanto esfuerzo. Su economía debe estar a la altura de su identidad. Eso no significa convertir la historia en mercancía; significa honrarla con desarrollo, con oportunidades, con trabajo digno y con una agricultura capaz de generar futuro.

Hermanas Mirabal produce cacao, pero también produce una lección nacional: el campo dominicano puede dejar de ser solo proveedor de materia prima y convertirse en plataforma de valor agregado. Para lograrlo necesita productores organizados, empresas que transformen, jóvenes que se formen, mujeres que participen, Estado que articule y mercados que reconozcan calidad.

El camino del bien común en Hermanas Mirabal pasa por lograr que el cacao valga más, que el café tenga mejor mercado, que el plátano y la yuca no se queden atrapados en ciclos de bajo precio, que las asociaciones tengan más capacidad técnica, que las empresas agroindustriales crezcan y que la provincia construya una marca productiva coherente con su historia.

Al final, una provincia verdaderamente productiva no es la que más tierra tiene, sino la que mejor organiza lo que tiene. Hermanas Mirabal demuestra que cuando una comunidad conecta identidad, agricultura, asociatividad, agroindustria y exportación, el desarrollo deja de ser una promesa abstracta y se convierte en una economía concreta para su gente. Porque producir más importa; pero producir mejor, transformar más y lograr que el valor se quede más cerca del territorio es lo que convierte la productividad en dignidad.

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