La sordera es un achaque que inevitablemente asociamos a la vejez. Como la vista cansada o una lumbalgia. Son afecciones que, normalmente, no aparecen cuando estás en los veinte. Lo que ocurre es que vivimos en una sociedad en la que cumplir años se jalea mucho, siempre y cuando estemos sanos y fuertes como un roble. En la era del culto al cuerpo no cabe en ninguna cabeza que una persona de cuarenta lleve un sonotone y esto se ha convertido en un problema social, porque ese estigma es una barrera: según datos del estudio EuroTrak España 2023, en el grupo de mayor pérdida auditiva analizado entre quienes no tenían audífonos, el 47 % señaló la vergüenza de llevarlos como una razón para no adquirirlos y el 22 % citó no admitir en público su pérdida auditiva.
El cuerpo humano es una máquina de ingeniería perfecta, pero hasta los mejores mecanismos necesitan revisión, mantenimiento y, a veces, reposición de piezas y engranajes. O, como ocurre en este caso: una actualización, porque los avances tecnológicos juegan un importante papel en el terreno de la salud auditiva. Sin embargo, hay una pregunta que nos hacemos pocas veces cuando hablamos de tecnología: ¿de qué sirve que un dispositivo funcione si la persona que lo necesita no quiere ponérselo? En los móviles solemos discutir de pantallas, cámaras o baterías. En las ayudas auditivas hay otra conversación, menos vistosa y bastante más importante: cómo conseguir que escuchar mejor no se viva como una etiqueta de vejez.
Con esa idea me encontré durante una visita a un centro de Multiópticas cuando probé sus gafas Nuance Audio, un producto que sirve para desmontar una imagen que se ha quedado bastante anticuada: la del audífono como un aparato que se limita a subir el volumen.
Los daños en el oído interno no se regeneran
Con la salud auditiva ocurre algo similar a lo que hace años ocurría con los cuidados que hoy tenemos, por ejemplo, ante la exposición a los rayos solares. Hay, como indica Ester Gómez, experta en audiología y óptica de MO Global Eyewear, una “falta de percepción del riesgo”. Y aclara: “Nadie se pone gafas de sol pensando que va a perder visión si no lo hace, pero sí entendemos esa lógica preventiva. Con el oído, esa cultura preventiva todavía no existe al mismo nivel”.
Sin embargo, si la piel ‘tiene memoria’, el oído también: “La verdad es que la pérdida auditiva rara vez llega de golpe. Es un proceso silencioso, acumulativo, y eso es precisamente lo que la hace tan peligrosa: no duele, no sangra y no nos manda una señal de alarma evidente hasta que el daño ya está hecho”, explica Gómez en una entrevista exclusiva para 20bits.
¿Y cómo dañan nuestros hábitos diarios el oído sin que nos demos cuenta? El ritmo frenético de nuestro alrededor ha precipitado las cosas: “Pensemos en el día a día de cualquier persona: auriculares con el volumen alto, conciertos o eventos deportivos, el ruido de fondo constante en ciudades grandes, el uso de herramientas o maquinaria sin protección… Cada una de estas exposiciones, por sí sola, puede parecer inofensiva. El problema es la suma: las células ciliadas del oído interno no se regeneran. Cada exposición las desgasta un poco más y ese desgaste es irreversible”, advierte Gómez.
Y hay un matiz importante: no es solo el volumen, es el tiempo de exposición. “Hay una relación directa entre decibelios y minutos de escucha. Hoy, con los auriculares prácticamente pegados a la oreja durante horas, muchas personas superan esos límites sin saberlo”, añade.
Pero sí podemos saberlo y no de forma complicada. Apple permite recibir avisos por exposición elevada al audio de los auriculares y del reloj. Samsung también ofrece un monitor de volumen y avisos por exposición prolongada en dispositivos compatibles. Y como estas dos marcas muchas otras más. Así que, nunca mejor traído, no hay más sordo que el que no quiere escuchar.
Unas gafas que se escuchan
Como subraya la experta en audiología, “la presbiacusia no espera a que cumplamos cierta edad, se va construyendo desde mucho antes, con cada exposición que el oído ha tenido que soportar”, de hecho, en España, el 10,6 % de la población declara convivir con algún grado de pérdida auditiva. Sin embargo, solo el 39 % de quienes la necesitan utiliza audífonos.
Y aquí volvemos al estigma, porque de eso precisamente van las gafas Nuance Audio. Según datos compartidos por MO Global Eyewear, la barrera social y emocional provoca un retraso generalizado en la búsqueda de soluciones. Sin embargo, el 67 % de los usuarios de audífonos encuestados creía que debería haberlos adquirido antes. Entre quienes respondieron que sí, la oportunidad perdida que más señalaron fue una mejor vida social.
Por eso un producto como unas gafas puede ser ese primer paso que la sociedad necesita para eliminar estereotipos. “Estamos viendo cómo la línea entre «producto de consumo» y «dispositivo médico» se está difuminando. Unas gafas con funciones auditivas integradas abren la puerta a soluciones mucho más discretas y socialmente aceptadas, lo cual es enorme si pensamos en el estigma que históricamente ha rodeado a los audífonos”, comenta Gómez.
Probablemente lo más llamativo de todo es tan simple como que estamos ante unas gafas (de hecho las lentes pueden graduarse). No son un aparato extraño que llama la atención. Sin embargo, como casi en cada aspecto de la vida, la diferencia está en los detalles, en este caso en las varillas: Nuance Audio es una propuesta de EssilorLuxottica que combina micrófonos, procesamiento del sonido y altavoces de oído abierto, sin introducir un auricular en el conducto. Tienen un modo frontal y otro de escucha de 360 grados, para o bien orientar la escucha hacia lo que tenemos delante o bien hacer una captación más amplia del entorno. El volumen y los modos de escucha se pueden cambiar tanto desde la app como desde las propias gafas y la aplicación permite, además, ajustar el ruido de fondo y otros parámetros.
No obstante, la experta insiste en que se trata de un escalón inicial: “Quiero ser honesta y clara, porque es importante no confundir al consumidor: estos productos cotidianos son un excelente primer paso para la concienciación y, en algunos casos, para una ayuda funcional ligera. No sustituyen, hoy por hoy, a un dispositivo médico ajustado por un profesional tras una evaluación audiológica completa”.
Así, para la profesional de la audiología son “complementarios, no equivalentes”, si bien valora que “esta tecnología de consumo está haciendo un trabajo extraordinario de normalización y detección temprana”.
La innovación también aparece en los audífonos ‘clásicos’
Una persona mayor, sentada en un butacón, con la mirada algo perdida y con un inmenso sonotone integrado en el oído. Algo así como en el cascarrabias señor Fredricksen en ‘Up’ (Pixar). Esa es la imagen que tenemos de alguien que necesita llevar audífonos. Pero, hoy en día, no hay nada más alejado de la realidad.
En mi visita al centro de audiología descubrí que actualmente un audífono puede ser casi del tamaño de un botón de una camisa y tener la tecnología más puntera del mercado. “Aquí es donde más ha avanzado el sector en los últimos años”, asegura Jorge Rodríguez, director de Audiología en MO Global Eyewear, remarcando que ya no solo se trata de protección auditiva «pasiva», “sino de soluciones inteligentes”: protección auditiva «activa» que “filtra selectivamente los picos de ruido peligrosos pero permite seguir escuchando una conversación con normalidad”.
El especialista menciona que la tecnología ahora es capaz de medir en tiempo real los niveles de exposición sonora a los que estamos sometidos durante el día, “igual que un reloj mide los pasos”. Son soluciones, dice, que hace una década “parecían impensables”.
Y es que los audífonos modernos ya no son simples amplificadores de sonido, sino procesadores digitales sofisticados, con inteligencia artificial integrada, capaces de identificar el tipo de entorno acústico en el que estamos y adaptar automáticamente cómo procesan el sonido para que la persona entienda mejor el habla y se sienta menos fatigada al final del día.
“Además, se han vuelto discretísimos, conectables al móvil, recargables y permiten un seguimiento remoto por parte del audioprotesista: podemos ajustar el dispositivo sin que el usuario tenga que desplazarse cada vez al centro. Esto democratiza muchísimo el acceso al tratamiento, especialmente para personas mayores o con movilidad reducida”, afirma Rodríguez. Lo único que no ha cambiado la tecnología es la necesidad de un humano especialista: “El ajuste profesional y personalizado sigue siendo insustituible”. Disponer del procesador más avanzado o un sistema de IA de vanguardia no garantiza que el audífono encaje por defecto con quien lo lleva. Hay que adaptarlo.
Una de las aplicaciones de la IA que describe el experto está precisamente en ese trabajo de adaptación, ya que el software puede proponer un ajuste a partir de las dificultades que expresa el usuario. No obstante, el ajuste final siempre lo harán unas manos humanas. Rodríguez también explica que, gracias a su tecnología basada en inteligencia artificial, los dispositivos analizan el ambiente acústico para modificar su respuesta según la programación.
Por último, sí: los audífonos en 2026 tienen su propia aplicación para tu smartphone. Cómo no la van a tener si existen apps para encontrar al ‘gemelo perdido’ de tu mascota en obras de arte o para crear fotos realistas de vacaciones soñadas sin salir de casa. En este caso, permite, según los profesionales, seleccionar programas preparados para entornos específicos, por ejemplo estar en la oficina.
Procesamiento digital del sonido, inteligencia artificial, ajustes a distancia, app… el audífono de hoy en día se parece más al dispositivo que llevaría un espía que al aparatoso amplificador de volumen del gruñón pero siempre entrañable señor Fredricksen. Y puede que gracias a que la tecnología haya hecho que ‘molen’ podamos poder por fin romper una barrera, otra más, sobre el aspecto y centrarnos así en lo verdaderamente importante: cuidar de nuestra salud.


