Redescubriendo el desapego de los colonizadores al agua

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Este artículo fue publicado originalmente en El Día.

Llegaron como el sol tras una madrugada lluviosa. Isca y Lelo, junto a mi hermana mayor, Mayra, habían volado durante trece horas y media desde “La madre patria”, para venir a disfrutar de la bondades naturales de República Dominicana.

La familia los acogió con esa cortesía que solo los dominicanos compartimos cuando recibimos a alguien desde el extranjero.

Desde los primeros amaneceres de aquel marzo caluroso de los 80 noté que la pareja se limitaba a usar el baño para desacoplar los residuos dejados por el exceso de comidas y bebidas.

Cada mañana miraba sin ser visto que al levantarse solo se rozaban las manos húmedas por cara y sobacos.

Expresé mi inquietud a Mayra y vaya sorpresa, la consideró tan normal en la sociedad española como comerse un mangú con huevo en la Dominicana.

Recordé aquellas primeras clases de Sociales, en el liceo de mi pueblo natal. Nos enseñaron que los españoles no sólo descubrieron América, sino que también compartieron parte de su cultura, religión, higiene… con los aborígenes.

Desafiando el domo del sistema de creencias, sorteando inquietudes, me adentré en la época de la Europa en que la gente vaciaba sus orinales rebosantes en las calles.

Aprendí que Moctezuma se bañaba generalmente dos veces al día. Y eso, aunque para mí, y para los aztecas, no tendría nada de extraordinario, ya que todos se bañaban a menudo, muchos de ellos en los ríos, lagos o estanques.

La falta de jabón verdadero los aztecas la compensaban con el fruto del copalxocotl, llamado «árbol de jabón». Los descubridores se limpiaban los dientes con orina; los aztecas con refrescantes bucales naturales.

A medida que los demás disfrutaban del repertorio anecdótico de los invitados – me niego a describir el aroma que expelían – llegué a uno de los periodos más curtidos de la historia europea; siglo XVI. De ser una cultura de disfrute de las visitas regulares a los baños públicos pasaron a ser la que consideraba peligrosa el agua.

El Imperio Romano contaba con sus propias termas. Sin embargo, cuando los visigodos conquistaron España despreciaron los baños calientes por considerarlos afeminados y debilitantes.

La España árabe rebosaba de agua. Pero los cristianos del norte solo se cambiaban la ropa cuando se deshacía. La suciedad física era prueba de pureza moral y verdadera fe. Imaginemos, solo imaginemos, el aroma de los conquistadores tras semanas de confinamiento en sus carabelas.

Seamos realistas; si los aztecas hubiesen conquistado España y no al revés, les hubieran enseñado a la terna española a bañarse no una sola vez en quince días, como finalmente lo hicieron bajo el sol, flotando en una yola alquilada en Boca Chica.

La publicación Redescubriendo el desapego de los colonizadores al agua apareció primero en El Día.

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