Elon Musk y sus empresas van a ser, una vez más, motivo de titulares en toda la prensa. Esta vez no tiene nada que ver con la bolsa, con sus robots humanoides, con sus coches, con sus planes de colonizar Marte… ni siquiera con su relación con Donald Trump. El foco en esta ocasión está en su empresa aeroespacial SpaceX.
A principios de 2025 la compañía lanzó un cohete Falcon 9 con destino al entorno lunar. La segunda etapa, que transportaba los módulos lunares Blue Ghost, de Firefly Aerospace, y Hakuto-R Mission 2, de ispace, desplegó su carga y siguió su camino. Se trata de una parte del vehículo no reutilizable, a diferencia del propulsor que la empresa de Musk suele recuperar haciéndolo aterrizar en una plataforma marítima.
Así, este elemento se ha convertido desde entonces en basura espacial y lleva más de un año en una órbita elíptica alrededor de la Tierra, que cruza aproximadamente la trayectoria lunar. La historia, sin embargo, tiene un desenlace más impactante: el próximo 5 de agosto el objeto y nuestro satélite natural coincidirán en el punto de intersección y la segunda etapa de un cohete Falcon 9 de SpaceX chocará contra la Luna.
El impacto liberará aproximadamente 14.500 millones de julios, una energía equivalente a unas tres toneladas de TNT, y podría abrir un cráter de alrededor de 17 metros de diámetro, según las estimaciones de Bill Gray, desarrollador del software astronómico Project Pluto y especialista en el cálculo de órbitas de asteroides, cometas y objetos artificiales lejanos.
El antecedente más parecido fue en marzo de 2022, cuando un cuerpo de cohete que llevaba años sin control chocó contra la cara oculta de la Luna y abrió dos cráteres contiguos, de aproximadamente 16 y 18 metros de diámetro. Distintos análisis lo relacionaron con la etapa superior utilizada en la misión china Chang’e 5-T1, aunque su procedencia no ha sido reconocida oficialmente por China.
¿Es peligroso?
De momento, los datos disponibles indican que esto ocurrirá el 5 de agosto en torno a las 08:35, hora de la España peninsular, en las inmediaciones del cráter Einstein, prácticamente en el borde visible de la Luna. ¿La buena noticia? No representa ningún peligro para la Tierra ni para las personas, a pesar de ser un objeto con una masa estimada de 4.900 kilos que chocará a unos 2,43 kilómetros por segundo, cerca de 8.700 kilómetros por hora.
Si bien no se trata todavía de algo que la NASA o SpaceX hayan anunciado de forma oficial, la trayectoria de 2025-010D ya ha sido incorporada al sistema Horizons del Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL, por sus siglas en inglés) de la agencia espacial de Estados Unidos, lo que refuerza claramente la validez del seguimiento. Gray, por su parte, afirma disponer de más de un millar de observaciones y considera seguro el impacto, si bien la hora exacta todavía puede variar.
¿Esto ya ha ocurrido antes?
Sí, aunque conviene distinguir los diferentes casos en los que un objeto de origen humano impacta contra la Luna.
En algunos casos, el choque es intencionado para estudiar la respuesta del terreno, registrar ondas sísmicas o analizar el material expulsado por el impacto.
En otras ocasiones se trata de accidentes durante el intento de alunizaje, como los sufridos por los módulos japoneses HAKUTO-R Mission 1, en 2023, y HAKUTO-R Mission 2, transportado precisamente por el Falcon 9 protagonista de esta noticia, en junio de 2025.
Finalmente, puede suceder que el resto descontrolado de una misión, sin capacidad de maniobra, acabe por impactar, como va a pasarle a la segunda etapa del cohete de SpaceX.
Aunque las reentradas incontroladas son mucho más frecuentes en la Tierra. Sin embargo, hay una diferencia fundamental: nuestro planeta posee una atmósfera que destruye o funde gran parte de los objetos antes de que alcancen la superficie, mientras que en la Luna no existe ese escudo y, por lo tanto, el objeto llega prácticamente intacto hasta el suelo.
Según la Agencia Espacial Europea (ESA), los objetos espaciales de aproximadamente un metro o más reentran en la atmósfera terrestre alrededor de una vez por semana. La mayoría se desintegra, pero las piezas fabricadas con titanio, acero inoxidable u otros materiales resistentes pueden sobrevivir y alcanzar la superficie.
¿Afecta a la Luna?
El impacto del próximo 5 de agosto no representa un peligro para la Tierra ni para las personas y tampoco provocará una alteración apreciable de la Luna en su conjunto. Su efecto será esencialmente local: la etapa superior abrirá previsiblemente un cráter de unos 17 metros, triturará y fundirá parcialmente el regolito y lanzará material alrededor del punto de colisión.
Bill Gray calcula que el impacto podría excavar unos 450 metros cúbicos de terreno y desplazar alrededor de 1.100 toneladas de material lunar, aunque se trata de una aproximación basada en el cráter producido por el impacto de 2022.
Las señales de esa colisión permanecerán durante muchísimo tiempo. En la Luna no hay viento, lluvia, ríos ni una actividad geológica comparable a la terrestre que borre rápidamente los cráteres, las huellas o las rodadas dejadas sobre su superficie.
Y como decimos no es la primera vez que algo humano llega al entorno lunar. Determinar cuántos objetos humanos hay actualmente sobre la Luna no es sencillo. No existe un inventario internacional completo y actualizado y el resultado depende de si un módulo se cuenta como una sola pieza o si se contabilizan por separado sus cámaras, herramientas, cables, baterías y demás componentes. El catálogo publicado por la NASA en 2012 ocupa 22 páginas y recoge desde sondas, módulos y etapas de cohetes hasta pequeños utensilios abandonados por los astronautas. Solo la misión Apollo 11 dejó más de cien artefactos. Desde la elaboración de aquel documento se han sumado nuevos módulos, rovers y restos de misiones de países como EE. UU., China, India, Israel, Japón y Rusia.
La presencia actual de este material no constituye una crisis de basura comparable a la existente en la órbita terrestre. Un objeto inmóvil sobre la superficie tampoco puede colisionar con satélites o generar una reacción en cadena. Sin embargo, la situación plantea interrogantes científicos y ambientales de cara al futuro.
Las naves introducen metales, combustibles, lubricantes, agua y otros compuestos terrestres en un entorno que se ha mantenido prácticamente inalterado durante miles de millones de años. Los alunizajes, despegues e impactos también remueven el regolito, dispersan polvo y modifican temporalmente la tenue exosfera lunar.
El efecto de una sola etapa de cohete es reducido. El verdadero desafío aparecerá si el número de misiones sigue aumentando sin normas claras para decidir qué hacer con las etapas superiores, dónde deben aterrizar las naves y qué regiones necesitan una protección especial por su valor científico, histórico o por la posible presencia de hielo.


