¿Se puede hablar de la búsqueda del amor? El amor es el protagonista del arte y de la vida misma, una realidad innegociable y fundamental en la historia y la evolución; la evolución por otra parte es un hecho. Radical, comprobable, una verdad sólida demostrada históricamente que narra en el devenir milenario los cambios y procesos de adaptación superados hasta llegar a colocarnos en la cúspide de la pirámide biopsicosocial.
Ahora bien, ¿adaptarse para sobrevivir y sobrevivir para qué? Quedarnos solo en el imperativo adaptativo como respuesta a las inflexiones evolutivas sin un fin ulterior ni un sentido mayor que la sustente, solo nos deja en el reino animal, seres con una facultad asombrosa para la resiliencia biológica y por lo tanto no necesariamente histórica, sin otro motor que el del dinamismo repetitivo de ciclos que acrisolan las capacidades genéticas para responder a las imposiciones del ecosistema planetario.
En Grecia ya los primeros filósofos se preguntaban por el sentido de la vida y por aquella realidad única, propia, que constituye la existencia material y espiritual; el descubrimiento de esta verdad, o la aproximación coherente a una posible explicación del sentido de la vida, los movía a VIVIR de acuerdo con esa convicción, mientras no hubiera otra aproximación mucho más tangible y profunda….es aquí cuando nace la pregunta sobre qué era la felicidad.
La gran mayoría de los filósofos encontraba respuestas bastante distintas, lo que le daba la razón a Aristóteles: él decía que todos estábamos de acuerdo en que queríamos ser felices, pero que no sabíamos cómo podíamos serlo y que en cuanto intentábamos aclararlo, comenzaban las diferencias y los problemas; en especial cuando se intentaba también definir el amor.
Suena romántico decir que amamos con el corazón, esto es falso y si somos justos el corazón es más bien la víctima. El cerebro, nuestro cerebro también ha evolucionado, precisamente el desarrollo del córtex prefrontal y con éste las habilidades cognitivas y funciones ejecutivas, nos dan la posibilidad de colocarnos sobre la realidad circundante, haciendo posible la reflexión sobre la verdad que da sentido a la respuesta adaptativa humana.
No obstante, la inteligencia no basta para vivir y el amor no se explica del todo desde la neurociencia, este estado mental subjetivo que consiste en una combinación de emociones, motivaciones y funciones cognitivas complejas. Enamorarnos es un proceso social también complejo que implica una multiplicidad de factores y el resultado de interacciones entre las bases genéticas de la compleja conexión social y las relaciones y el apego entre las personas.
Desde lo neurobiológico es una experiencia que involucra de forma casi absoluta la activación constante de nuestros sistemas cerebrales de recompensa, en especial en la etapa del enamoramiento, que se vive de forma intensa, distorsionando la realidad con un funcionamiento biológico muy parecido a los mecanismos de adicción y déficit frontotemporal.
Es una especie de obsesión que nubla el juicio, desconecta o minimiza el funcionamiento de la corteza frontal activando sentimientos agudos de recompensa o la necesidad de esta; sin adentrarnos en explicaciones neuroquímicas hay un desequilibrio en la producción y recaptación de neurotransmisores específicos que están implicados en la ansiedad, el apetito, la regulación del miedo, la sensación de alegría, optimismo y felicidad.
Algunas investigaciones indican que las personas recién enamoradas presentan un menor control cognitivo en la capacidad de planificación y solución de problemas, y un déficit en la codificación de la información y sesgo de respuesta, así como un mayor nivel de emocionalidad negativa que va disminuyendo a medida que aumenta el tiempo de relación.
¿Esto implica que amar es negativo o peligroso? Absolutamente No. El amor en sus primeras etapas es un estado emocional intensamente positivo, vinculado con los aspectos subjetivos del individuo y, por lo tanto, manifestado de maneras muy distintas, de acuerdo con la personalidad y al carácter de alegría y plenitud que genera felicidad. Al ser subjetiva, puede ser disparada por un sinfín de causas, pero en líneas generales se vincula con la motivación y el bienestar. (La palabra felicidad proviene del latín de la palabra «felicitas», que deriva de la palabra «felix» y significa «fértil» o «fecundo»)
Lo saludable es ir despacio en cada proceso de encuentro buscando las mejores reflexiones posibles acerca de la realidad en la que vivimos y compartimos con esa persona, intentando dar respuesta a la pregunta sobre el origen real de nuestra necesidad del vínculo, más allá de las condiciones y cualidades físicas o económicas.
Si bien es cierto que las áreas de activación cerebral implicadas en esa especie de ‘click” o enganche en la búsqueda de pareja son imperceptibles (0.2 – 0.5 segundos, nuestro cerebro decide antes de hacerlo consciente) también es fundamental conocer y hacer conscientes a nosotros mismos, cuáles son nuestros estilos de apego, nuestros patrones familiares, nuestra expectativas reales, las posibles heridas no sanadas, necesidades emocionales y experiencias que nos hacen buscar una relación, permanecer en ella e ir más allá de un encuentro casual
Hoy la mediocridad es la moneda que muchas veces obtenemos en el constante intercambio social, pues los individuos somos el espejo de la realidad que hemos renunciado transformar.
El amor es la búsqueda personal de nuestra verdad intima para vivir en libertad, dando respuesta a esta búsqueda de sentido de la que han hablado Víctor Frankl, Carl Rogers o Jung y que es inherente a esta fuerza evolutiva humana.
El motor ontológico de la evolución es la búsqueda de sentido que da coherencia a lo que de otra forma sería una existencia vacía y este sentido sin dudas es el amor, que se construye sobre las bases de una personalidad sana, del autoconocimiento, de la renuncia a buscar en mi pareja el padre o la madre que no tuve, pretender sanar en el otro las injusticias de mi pasado, tratar de resolver de forma vicaria los vacíos afectivos que tuve en mi familia…
En fin, el amor no aparece de la nada, sino que se expresa y se construye desde el autoconocimiento, el autocuidado, sanar nuestras heridas y el reconocimiento de la libertad intra e interpersonal.
Exigir o colocar en mi pareja la fuente de la propia felicidad es un acto de irresponsabilidad y una de las mayores expresiones de injusticia e infantilismo emocional.
Plantearnos estas preguntas existenciales, ¿quién soy?, ¿para qué vivo?, ¿por qué quiero estudiar?, ¿por qué quiero casarme?, ¿por qué y para qué necesito? volver a las cuestiones fundamentales de la existencia es el único camino evolutivo integral que puede devolvernos una existencia plena.


