178 bombas atómicas en un año: lo cerca (o lo lejos) que estamos de un «invierno nuclear»

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El 6 de julio de 1962, el Gobierno norteamericano detonó una bomba nuclear de 104 kilotones que previamente había colocado en un pozo a 194 metros de profundidad. La prueba formaba parte de un programa para investigar el uso de armas nucleares para obras de ingeniería civil como minas o estructuras de otro tipo. El vídeo (que podéis ver más abajo) es espectacular, pero el resultado fue un despropósito.​ No solo se creó el cráter artificial más grande de todo Norteamérica, sino que se desencadenó la lluvia radiactiva más contaminante de EEUU. Pues bien, ‘Sedan’ fue solo uno de los 178 ensayos nucleares de ese año.


Ahora que, con la invasión rusa de Ucrania, parece que se ha despertado de nuevo el fantasma de la guerra nuclear, es un momento excelente para volver al año 1962 y plantearnos cómo de cerca estamos realmente de un invierno nuclear.

El «gran» año nuclear. La elección del año 1962 no es gratuita, claro. Como explicaba el historiador Michaël Mangeon, ese fue el año con más detonaciones nucleares. De las 178 pruebas, 96 fueron norteamericanas, 79 soviéticas, 2 británicas y una francesa. La francesa, por cierto, fue un desastre que dejó casi 250 contaminados directos (entre las que había dos ministros del Gobierno de Francia) y bastantes problemas en la región argelina donde se desarrolló.

En 1963, entró en vigor el Tratado de prohibición parcial de ensayos nucleares y, precisamente eso, nos ha permitido saber qué efecto tienen las bombas en el clima de la tierra. Teniendo en cuenta todas las bombas de los años previos y lo que tarda la atmósfera en «procesar» todos los óxidos de nitrógeno vertidos en ella, no es de extrañar que los años 1963, 1964 y 1965 fueran de los más fríos de la segunda mitad del siglo.

Esa cosa llamada «invierno nuclear». Eso, por un lado, es tranquilizador. Si las más de 200 bombas nucleares que hubo en 1962 y los años previos, no fueron capaces de desencadenar un invierno nuclear, el umbral del peligroso holocausto atómico está más lejos de lo que la imaginación popular suele situarlo. Por el otro lado, deja un montón de preguntas en el aire. La más importante de todas es: ¿cómo de lejos?

En 2019, un equipo de investigación de la Universidad Rutgers calculó qué pasaría si un conflicto nuclear pusiera en funcionamiento todas las bombas que permiten los tratados actuales (y solo ellas). Frente a los 980 Mt que se calcula que había en la atmósfera en 1963, los investigadores descubrieron que ese conflicto generaría 150 Tg de carbono negro y otros componentes. Eso es más que todas las erupciones volcánicas de los últimos 1200 años, pero menos que lo que liberó el impacto del asteroide que acabó con los dinosaurios. No está mal.

¿Cómo de cerca estamos de un invierno nuclear? Sin embargo, eso no responde a la pregunta inicial. Para hacerlo nos tendremos que ir a la última simulación disponible, la de Toon y su equipo en 2007. Según sus cálculos, el efecto de las bombas no está vinculado solo a su poder explosivo, sino a las consecuencias que originan. Es decir, los ensayos nucleares del 62 no son una buena referencia porque se ejecutaron en condiciones de contención (lejos de bosques y ciudades) y no fue simultáneo. Desde su punto de vista, con 100 ataques bastaría para desencadenar un escenario de este tipo. Sobre todo, si esos ataques ocasionaran incendios en otras tantas 100 ciudades. Eso coincide con los cálculos aproximados que se llevan barajando desde los 80.

No obstante, es importante tener en cuenta que estos análisis y modelizaciones tienen muchos detractores. En 2011, Russell Seitz publicó una pieza en Nature donde se evidenciaba que estos conceptos eran debatibles y, de hecho, habían sido muy debatidos. Lo cierto es que, pese a que cada vez conocemos más, nuestros modelos de la atmósfera en una circunstancia tan extrema como esa tienen muchos problemas y, pese a que el 100 sigue siendo de referencia, todo parece indicar que no es tan fiable como podría parecer.

Sea como sea, recordar 1962 es una buena idea por algo más: recordar el último año en que pensamos que la escalada de bombas nucleares podía seguir sin más. Desde entonces hemos avanzado mucho, esperemos seguir así.

Imagen | Ra Dragon


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Javier Jiménez

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