La encrucijada colombiana

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Leo en una investiga­ción sobre Colom­bia que la pobreza y la falta de oportuni­dades aumentan las posibilidades de Petro entre los jóvenes. Hay que decirles a los colombianos que por el camino elegido por Petro no hay reden­ción posible, salvo emigrar, co­mo han hecho seis millones de venezolanos, dos millones de cubanos y un millón de nicara­güenses.

No hay un tema más delicado en América Latina que Colom­bia. Es la única gran nación de Sudamérica que tiene acceso a los océanos Atlántico y Pacífico. Posee una población, más o me­nos similar, en números, a la es­pañola: Colombia 52 millones, España 48. Pero duplica el terri­torio español: Colombia, un mi­llón cien mil kilómetros cuadra­dos, incluidas las paradisiacas islas del archipiélago San An­drés; España, medio millón, sin exceptuar las Baleares, las Ca­narias y las ciudades de Ceuta y Melilla, vinculadas por la geo­grafía (y no por la historia) al reino marroquí.

Colombia es un país de de­sarrollo medio con todos los cli­mas y todos los ambientes. Tie­ne decenas de universidades, pero sólo dos están incluidas en los informes de los tres “ran­kings” más prestigiosos de cuan­tos existen: La Universidad de los Andes y La Universidad Na­cional. El resto gradúa profesio­nales muy competentes, pero hacen poca investigación. Co­lombia elabora unos 60,000 ob­jetos de los que el país consume habitualmente. Desde palillos de dientes y desodorantes, has­ta las vacunas muy complejas, conseguidas por el inmunólogo Manuel Elkin Patarroyo, como las que ha desarrollado contra las variantes del Covid 19 y su ya antigua (y controvertida) vacu­na contra la malaria.

¿Se expandirá la izquierda, como sueñan los gobiernos de Cuba, Venezuela y Nicaragua? Incluso, los gobiernos de México (AMLO) y Argentina (Cristina Fernández, la VP, pero es quien allí manda porque tiene los vo­tos). No lo creo. La izquierda debe conformarse con Chile, donde rei­na Gabriel Boric. Pero no creo que el país que eligió a Uribe, cuando estaba a punto de tirar la toalla, porque no podía transitar por ca­rretera entre las ciudades y debía depender del avión.

En esa época se pensaba que Santos iba a ser una especie de Uribe 2.0, pero le salió la criada respondona, y luego regresó el uribismo con Iván Duque. No creo –insisto– en que la mayoría selec­cionaría a Petro. La pregunta que se hace el New York Times (¿Es­tá lista Colombia para elegir a un gobernante de izquierda?) tendrá una respuesta contundente. Será alguien de la centroderecha como Fico Gutiérrez, Sergio Fajardo o Rodolfo Hernández, siempre que no se maten entre ellos.

Habrá que esperar al ballota­ge, a la “segunda vuelta”, para de­cidir, finalmente, quién será el ga­nador. Yo apuesto por Fico. Estuvo muy bien en los debates. Fue bri­llante. No acudir a ese ejercicio es un grave pecado. No quiere decir que el hecho de que un candidato no haya participado de los deba­tes no sabrá cómo gobernar, pero es evidente que existe una limita­ción mayúscula en no poder ver­balizar los planes de gobierno y el ataque a las otras opciones.

Eso acaso quiere decir que no se ha pensado lo suficiente en los demás. Las personas que no pue­den anticipar los problemas tie­nen una tremenda falta de ima­ginación. La imaginación es necesaria para gobernar bien. Los romanos creían que la facultad de expresarse bien era sinónimo de ta­lento. Por lo menos esa era la postu­ra de Quintiliano, el gran pedago­go de Roma, maestro de Retórica, nacido en el siglo uno de nuestra era. Hoy sabemos que no necesaria­mente es así, pero existe un vínculo entre los dos rasgos.

¿Qué es gobernar bien en la Co­lombia actual? Sin duda, ceñirse a la ley. Si se jura la Constitución es porque se piensa cumplir. Eso es fundamental. Además, hay que co­brar pocos impuestos, atraer cuan­tiosas inversiones y ser muy cui­dadoso con el gasto público. Las economías abiertas, y Colombia lo es, no dejan mucho espacio para la planificación. Por eso es impor­tante que al frente del Estado y del Gobierno no quede un “planifica­dor”, sino una persona que sea ca­paz de ver las cosas positivas que se ofrecen y las asuma. Es el mo­mento de la imaginación y de con­vertirlo todo en oportunidades. Incluso, es una oportunidad de re­ducir la inmensa corrupción que existe en Colombia a todos los ni­veles de gobierno. ¿Cómo se com­bate la corrupción? Sin duda, con el código penal en la mano. Hay que meter en la cárcel a los corrup­tos, pero evitando que los actos de gobierno se conviertan en una ven­detta. Tal vez recuperando parte del dinero mal habido sea suficiente. Es decir, el ganador de la “segunda vuelta” debe pensar en el futuro y no dedicarse como un obseso a sal­var el pasado, que ya sabemos que es insalvable.

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