Arthur C. Clarke teorizó en 1974 sobre el futuro de los ordenadores, Internet y el teletrabajo. Y acertó

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Hay quien tienen puntería para los dardos o las escopetas de feria y hay quien la tiene para la historia. Cómo de servido iba el novelista Arhur C. Clarke en lo primero es algo que, hasta donde yo sé, no ha trascendido. De lo que no cabe mucha duda es de su talento para lo segundo.

A lo largo de su vida el autor de El Centinela, relato en el que se inspira 2001: Una odisea espacial, dio sobradas muestras de su habilidad para anticiparse a su tiempo; pero pocas veces dio tanto y con puntería tan certera en la diana como en 1974, cuando respondía a las preguntas de un reportero de la cadena de televisión ABC que le invitó a elucubrar sobre cómo sería el mundo en 2001.

— Con 2001 nos proyectaba al siglo XXI —arranca el periodista en una sala llena de computadoras del tamaño de armarios empotrados—. He traído a mi hijo Jonathan, que en el 2001 tendrá la misma edad que yo tengo ahora. Quizás esté mejor adaptado a este mundo que intentas retratar.

Será una vez una época…

Vaticinar cómo será el futuro a 30 años vista no es fácil. Clarke pudo haberse limitado a encogerse de hombros, pellizcar la mejilla del niño y sonreír a cámara… O lanzarse a la piscina y reflexionar en voz alta cómo sería, en su opinión, el mundo del siglo XXI, un horizonte que no todos veían ya no solo con optimismo, sino directamente con claridad entre las brumas de la Guerra Fría.

Optó por lo último.

Clarke empieza deslizando que en 2001 las personas dispondrían de sus propios ordenadores personales en casa, computadoras más pequeñas que la especie de armarios roperos ronroneantes que le rodean a él durante esa entrevista. Y va un paso más allá: anticipa que esos equipos estarán conectados y resultarán claves en el día a día, tanto a nivel personal como profesional.

«Podrá obtener toda la información necesaria para su vida cotidiana: extractos bancarios, reservas para el teatro… Toda la información que necesites para tu vida en una sociedad moderna compleja se encontrará en una forma compacta en tu propia casa. Tendrá una pantalla como el televisor y un teclado», comenta el escritor en una descripción que se parece asombrosamente a lo que hoy conocemos como Internet. Él no lo nombra así, claro; pero el parecido es sorprendente.

A principios de la década de 1970, cuando Steve Jobs y Bill Gates eran aún dos adolescentes y en Xerox PARC se daba forma a la computadora Xerox Alto, Clarke anticipaba así los ordenadores de uso personal y un uso similar al de la Red. Tan convencido estaba de que los usaríamos en nuestro día a día, que daba por seguro que acabaría siendo un instrumento cotidiano:

— Lo dará por sentado tanto como nosotros el teléfono. —explica, mirando al niño.

Su respuesta parece inquietar al reportero, que le pregunta por uno de los grandes debates que todavía siguen coleando hoy, cerca de un tercio de siglo después: ¿Cómo influyen las computadoras y sus posibilidades en la sociedad? ¿Nos unen o nos alejan como individuos? ¿En qué medida es un riesgo que acabemos siendo excesivamente dependientes de las computadoras?

Clarke reconoce que «de alguna manera» podemos pasar a ser más dependientes, pero aclara: «también enriquecerá nuestra sociedad porque hará posible para que vivamos donde queramos«.

«Cualquier ejecutivo podría vivir en cualquier parte del mundo y seguir haciendo sus negocios a través de un aparato como este. Y eso es maravilloso. Significa que no hay por qué estar atrapados en las ciudades. Podremos vivir en el campo o donde queramos. Y seguir llevando a a cabo completa interacción con seres humanos, así como otros ordenadores», reflexiona Clarke en otro guiño casi profético al provecho que hoy, y en especial a raíz de la pandemia, sacamos del teletrabajo.

La entrevista de los años 70 no era la primera ocasión en la que Clarke dejaba entrever su fina capacidad para anticiparse a su tiempo. Tiempo antes, en 1964, había dibujado en un documental algo también muy parecido a la Red. El autor señalaba ya cómo los transistores y la comunicación por satélite trasnformarían nuestra concepción del espacio, y advertía, con claridad pasmosa:

«Estas cosas harán posible un mundo en el que podamos estar en contacto instantáneo estemos donde estemos. Podremos contactar con nuestros amigos en cualquier lugar de la Tierra, aunque no conozcamos su ubicación física real. Posiblemente dentro de 50 años será posible que un hombre dirija sus negocios desde Tahití o Bali tan bien como desde Londres», suelta el novelista antes de desgranar cómo afectaría a la medicina o incluso predecir la futura impresión 3D.

No está nada mal, teniendo en cuenta que habría que esperar dos décadas y media todavía para que el joven investigador Tim Berners Lee elaborase su informe para el CERN sobre el protocolo para la transferencia de hipertextos, la semilla de lo que acabaría siendo la World Wide Web.


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Arthur C. Clarke teorizó en 1974 sobre el futuro de los ordenadores, Internet y el teletrabajo. Y acertó

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por
Carlos Prego

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