No es un telescopio, es una máquina del tiempo: lo que el James Webb nos revela sobre el «espacio profundo»

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El James Webb no solo es un telescopio de 10.000 millones de dólares: es una llave. La llave más «más grande y complejo jamás construida», sí; pero una llave al fin y al cabo. Una llave a regiones del Universo tan profundas, tan lejanas, tan antiguas que nos cuesta trabajo siquiera imaginarlas. Y es que, mientras miramos las alucinantes imágenes del Webb, es inevitable preguntarse ¿Qué vemos realmente cuando miramos al espacio profundo?


La foto más importante del telescopio Hubble. Retrocedamos un poco para coger perspectiva. El Hubble se lanzó en 1990 y tardó cinco años en enfrentarse al que, aún hoy, es su foto más importante: la que conocemos como el ‘Campo Ultraprofundo del Hubble’. Puede que no sea la más popular (esas generalmente son coloridas nebulosas o estrellas llamativas), pero cambió la forma en la que los astrónomos espaciales solían trabajar. En lugar de enfocarse en un objeto conocido, el Hubble fijó sus detectores en… la nada.

Literalmente, además. El equipo dirigido por Robert Williams buscó un punto del Universo del que no supiéramos nada, del que no existieran observaciones previas; que estuviera, aparentemente, vacío. Se trataba de un esfuerzo descomunal por ver cómo de profunda era la mirada del Hubble podía ver y, sobre todo, cómo de atrás podía remontarse de cara a estudiar la evolución de las galaxias.

Lo que surgió de la nada. El 18 de diciembre de 1995 el Hubble se quedó «ensimismado» mirando al vacío y durante los diez días siguientes el telescopio tomó 342 fotografías. Y de la «nada», el telescopio extrajo decenas de galaxias: una imagen fascinante que ha enfrentado a los científicos con los orígenes del Universo durante décadas. Porque lo que el Hubble sacó a la luz era una perspectiva inédita y nitidísima del pasado.

No es un telescopio, es una máquina del tiempo. Y es que cuando hablamos de «espacio profundo» estamos hablando de la historia del universo. Todas las ondas (visibles o no) que llegan a la Tierra son ecos de cosas que ocurrieron hace miles de millones de años. Concretamente, el Hubble ha logrado remontarse 13.300 millones de años en el pasado y captar luz de estrellas que se formaron 400 millones de años tras el Big Bang. Esa es la cifra que quiere batir el Webb y su tecnología infrarroja.

Hablamos de que, si todo sale según lo previsto, el James Webb podrá ver estrellas formadas 250 millones de años después del Big Bang. Desde nuestro punto de vista puede parecer poco, pero nada de eso. Esos 150 millones de años son la diferencia entre ver el amanecer de las primeras estrellas que surgieron en el Universo o ver cómo dan sus últimos coletazos. Es decir, nos vamos a acercar y mucho al límite que la tecnología nos permite remontarnos en el pasado. Y todo de la misma forma que el Hubble: mirando a la nada.

¿Cómo lo conseguirá? La clave para remontarse aún más en el pasado está en que, mientras que el Hubble captura luz visible, ultravioleta y algo de luz infrarroja, el James Webb contiene el instrumento más sofisticado enviado al espacio para trabajar en el rango del infrarrojo térmico. La luz infrarroja es, sin ir más lejos, la «luz más vieja» del Universo. O, dicho de otra forma, en ese espectro infrarrojo está la luz de los objetos que más se han alejado de nosotros debido a la expansión del Universo.

¿Qué nos espera? En general, desde hace meses, todo lo que tiene que ver con el Webb genera una expectación muy importante. Casi demasiada. Hasta ahora era relativamente normal: la publicación de las primeras imágenes a color del telescopio suponían la culminación de la hoja de ruta que había empezado con el despegue. Ahora, una vez que esta fase inicial ha finalizado, la cosa se pone interesante.

No será de inmediato (recordemos que el Hubble tardó cinco años en darnos su foto más importante), pero poco a poco el Webb nos irá «dando luz» para entender el origen del Universo y nos abrirá las puertas a nuevas teorías ahora que la física moderna está en plena crisis existencial.


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No es un telescopio, es una máquina del tiempo: lo que el James Webb nos revela sobre el «espacio profundo»

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Javier Jiménez

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