El director de ‘Devs’ y ‘Ex Machina’ despliega con ‘Men’ una parábola sobre el abuso que conecta el folk horror con el gore surreal

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Alex Garland es uno de los indiscutibles visionarios del cine fantástico actual. Habitualmente escorado hacia la ciencia-ficción, entre sus películas más notables están la extraordinaria ‘Ex Machina’, la visionaria aunque fallida ‘Aniquilación‘, el guión de la soberbia ‘Dredd’ (que se dice que dirigió sin figurar acreditado) y, más recientemente, la brutal ‘Devs‘, quizás la que tiene más puntos en común con esta ‘Men’ que llega esta semana a las salas. Sin embargo, esta nueva propuesta no se mueve entre inteligencias artificiales, policías del futuro, dimensiones alternativas o programadores endiosados.

De hecho, ‘Men’ entronca con ingredientes mucho más tradicionales del cine fantástico: su ambientación en una campiña inglesa aislada de la civilización hace pensar en el género del folk horror, en películas de choque entre la civilización y lo atávico, como ‘The Wicker Man’ o ‘Midsommar’. Pero aquí Garland no nos habla de un urbanita perdido entre ritos paganos, sino de comportamientos tan enraizados en nuestro ADN que se pueden rastrear hasta donde lo social rima con lo ancestral.

La protagonista de ‘Men’ es una mujer que tras haber contemplado cómo se suicidaba su marido, se retira a pasar una temporada aislada en una casa de alquiler en el campo. Un día, en un paseo, descubre que alguien la sigue. Pronto, sus encuentros con desconocidos revelan un problema mayor y más trascendente, uno para el que ningún hombre parece estar capacitado para ayudarla: ni su casero, ni el sacerdote del lugar, ni la policía.

Es complicado entrar en más detalles de ‘Men’ sin dinamitar sus secretos, aunque la película tiene una simbología absolutamente frontal y sin dobleces. El periplo de Harper, interpretada con inusual sensibilidad y cercanía por una magnífica Jessie Buckley, es el de una mujer que descubre que todos los abusos que recibe día tras día por parte de los hombres -de los más cotidianos a los más extremos- tienen una misma raíz. Para significarlo, Garland emplea a un Rory Kinnear camaleónico y magnífico.

It’s raining men

Habrá quien se pregunte si tiene sentido que una película como esta haya sido escrita y dirigida por un hombre (por mucho que sea un hombre que ha poblado su cine de personajes femeninos interesantísimos y complejos, de la Ava de ‘Ex Machina’ a la Lily de ‘Devs’), pero quizás sea eso lo que le da un carácter especialmente despiadado con la condición masculina y la relación de ésta con las mujeres. Y la capacidad casi natural de los hombres para convertir las vidas de muchas de ellas en auténticas pesadillas.

Para contarlo, Garland va bordeando distintas señales y símbolos que se van solapando en busca de una atmósfera claustrofóbica: la presencia de Kinnear es la más significativa, pero hay más. Muy notable es la aparición de esculturas Sheela na Gig con genitales femeninos gigantes que pueden aludir a diosas de la fertilidad, vestigios paganos o advertencias contra la lujuria femenina. La ya famosa y muy notable secuencia del túnel, el primer y muy simbólico encuentro con lo desconocido de lo protagonista, torna con facilidad el lirismo amable en pánico banal, y la extrañeza de su significado contagia incluso a la banda sonora del film, infectada desde ese momento por las notas musicales que protagonizan la escena.

Y aunque el mensaje de la película es absolutamente frontal y no deja ningún espacio a la ambigüedad, es imposible percibir maniqueísmo en la postura de Garland. El ambiente fantástico que flota en el ambiente de toda la película es también signo de una percepción subjetiva del horror por parte de la protagonista, y al final la posible interpretación de «not all men» se transforma en un ácido «not all men, pero al final all men» capaz de dejar con mal cuerpo al espectador masculino más cínico.

La guinda de este fabuloso espectáculo de insania testosterónica está en un espectáculo de body horror que convierte en literal la metáfora de la película, en uno de los espectáculos de terror en estado puro más demoledores de los últimos años. Gracias a secuencias como esa, queda claro que ‘Men’ no se anda con medias tintas: «todos los hombres son iguales» pasa de estomagante lugar común de El Club de la Comedia a brutal metáfora de todo lo que está mal en las relaciones entre hombres y mujeres.


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El director de ‘Devs’ y ‘Ex Machina’ despliega con ‘Men’ una parábola sobre el abuso que conecta el folk horror con el gore surreal

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