La crisis cubana ya no se explica únicamente por los apagones, la escasez de alimentos o el deterioro del salario. Hoy se expresa también en el lenguaje de la diplomacia y la confrontación global. La isla atraviesa uno de los momentos más frágiles de su historia reciente, atrapada entre la presión económica de Estados Unidos, el respaldo político de aliados estratégicos y una realidad social marcada por el agotamiento.
La falta de combustible se ha convertido en el eje más visible del colapso. Sin divisas suficientes para importar energía, el transporte público se reduce, la producción industrial se paraliza por tramos y los servicios básicos funcionan de manera intermitente. El petróleo, más que un insumo, es hoy un termómetro del poder y de la dependencia. Cada recorte se traduce en colas más largas, mercados vacíos y una economía informal que se expande para llenar los vacíos del Estado.
En este contexto, Cuba vuelve a ocupar un lugar incómodo en el escenario internacional. La presión externa busca forzar una negociación desde la asfixia económica, mientras aliados tradicionales denuncian el impacto social de esas medidas y prometen respaldo político y material. La isla, sin embargo, negocia desde una posición debilitada: sin margen fiscal, con un tejido productivo erosionado y una población cansada de administrar carencias.

La desigualdad
La crisis no golpea a todos por igual. En los últimos años se ha consolidado una brecha entre quienes tienen acceso a divisas y quienes dependen exclusivamente de ingresos en moneda local. Pequeños negocios, remesas y mercados paralelos se han vuelto estrategias de supervivencia para algunos, mientras amplios sectores quedan rezagados. Esta desigualdad creciente redefine la vida cotidiana y erosiona uno de los pilares simbólicos del modelo cubano: la promesa de igualdad.
En el plano social, el cansancio es palpable. Familias fragmentadas por la migración, jóvenes que no proyectan su futuro en la isla y comunidades que normalizan la escasez como parte del día a día. La crisis ya no se percibe como un episodio transitorio, sino como un estado permanente. La expectativa de reformas profundas ha sido reemplazada por una lógica de resistencia y adaptación.

Sin divisas turísticas
El descenso del turismo es otra de las grandes causas de la debacle económica. Las cifras oficiales que se ofrecieron ayer en La Habana lo indican. En 2025 la isla sólo recibió 1,810,663 visitantes internacionales, un 18 % menos que en 2024 y el peor registro desde 2002 (sin incluir los años del COVID-19), según datos ofrecidos por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI).


