Este artículo fue publicado originalmente en El Día.
El corazón, lugar de las decisiones más profundas, donde conviven valores, designios y anhelos en un ambiente de emociones sublimes; es ahí donde florecen los almendros envueltos en versos, dejando atrás el otoño agreste que deshojó las ilusiones perdidas y aquel crudo invierno cargado de episodios fríos, dando cabidas a días cálidos repletos de fragancias rosales y perfumes.
El corazón, como espacio interior, representa lo que está detrás de la apariencia, donde se propicia en sus llanuras áridas, las verdaderas luchas de una vida que peregrina atravesando con valentía lo banal y falaz; decidida pues, a superar en cada tramo y pulsación la valoración superficial de esa imagen que no dice nada de lo que realmente debe ser, porque engaña.
El corazón, jardín edénico donde se cultiva la sinceridad; libre de poses, disimulos o espinos; escena en el que se vive con verdad y poesía, cuando se consiente libremente a que la llama divina penetre el interior e ilumine todas las zonas oscuras y falsedades más escabrosas y enredadas del alma, dándole cabida con vigor, a que renazca una existencia envuelta en armonía y plenitud.
El corazón, zona de las cosas que nadie dice, espacio de misterio e intimidad con lo sagrado. Donde más allá del discurso se habla en silencio, guiado con la brújula de la fe hacia el oasis de la paz serena. Donde más allá de las dunas calientes y sufrientes, con su entrega sin medida hace posible que se convierta cada grano de arena del desierto en pétalos de amor de una eterna primavera.
El corazón, sitio fecundo de lo auténtico, donde no solo se actúa con coherencia dejando huellas de luz en cada paso, sino que, en procura de alcanzar el ideal verdadero, se detiene a escuchar atentamente ese latido interno que le guía hacia lo realmente trascendente, más allá de los vaivenes líquidos de la vida. Es en ese nido donde la belleza de la realidad es más profunda y plena que la falsedad de la apariencia camaleónica, que sólo desdibuja la propia identidad.
El corazón, parnaso que conserva la verdad desnuda; allí en sus cuencas altas, las intenciones profundas emergen sin filtros ni máscaras, revelando la sinceridad trascendental del ser, que germina entre rimas y armonías, entre luz y follajes, entre cantos y libertad. Allí en sus cumbres cubiertas de nubes tropicales, se batalla denodadamente contra la indiferencia y la ira, los ruidos y la prisa; a fin de permanecer fiel a lo real, a la suprema bondad infinita.
El corazón, rincón de lo propio, donde las emociones utópicas cobran forma, logrando que el alma se revele sabiamente con gestos de abrazos, sonrisas y ternuras compartidas. Ahí en ese refugio físico-espiritual los ojos del alma se mantienen alertas; evitando que las distracciones digitales y los pensamientos fantasmagóricos logren sacarte del camino; ni que el pesimismo consiga inmovilizar los pasos del propósito, ni mucho menos que la resignación congele las fuerzas que provienen de la esperanza.
Definitivamente, para que el corazón viva hay que reconstruirlo con versos teofánicos de estética celestial; rociarlo con gotas sudorosas de perdón y misericordia; que se exulte en la verdad y se deleite en la urdimbre del amor inagotable; que experimente un éxtasis tan místico y único, al colmar de luz y efluvio divino cada espacio sideral de sus praderas desprovistas de primavera. Y por supuesto, para que un corazón se mantenga vivo, se debe recuperar la soberanía de la dignidad robada por la oscuridad y la fragmentación.
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La publicación Un corazón envuelto en trozos de primavera apareció primero en El Día.


