Desde niño, en Santo Domingo, Francisco Díaz entendió que la medicina no solo se trataba de curar a los vivos, sino también de darle respuestas a quienes se quedan cuando alguien fallece.
Tras graduarse de medicina en Intec, Francisco hizo su pasantía y trabajó como médico general en República Dominicana. Pero había una inquietud más grande: quería especializarse, profundizar, llegar hasta donde pocos se atrevían. Esa búsqueda lo llevó a Estados Unidos, no como estudiante, sino como médico residente en patología.
Fueron años de formación intensa: cuatro años en patología y dos más en patología forense. Allí encontró su verdadera vocación: ser la voz científica de quienes ya no pueden hablar.
Primero trabajó durante 16 años en Michigan, enfrentando casos complejos que parecían sacados de una película. Luego llegó a Washington D.C., donde desde hace nueve años ocupa una de las posiciones más importantes dentro del sistema forense de la capital estadounidense: es el “medical examiner” de la ciudad, equivalente al director de Patología Forense, y además dirige el Departamento de Ciencias Forenses.
“La patología forense es la más humana de todas las especialidades médicas”
“El Departamento de Patología Forense se encarga de las autopsias en los casos que pertenecen a la jurisdicción, es decir, suicidios, homicidios, accidentes, cualquier muerte que sea no natural y en el mismo edificio tenemos el departamento de ciencias forenses del cual yo soy el director”, dijo el doctor Díaz a Diario Libre.
- Desde ese puesto lidera cerca de 300 personas y supervisa no solo autopsias de homicidios, suicidios, accidentes y muertes no naturales, sino también áreas de ADN, huellas dactilares, toxicología, escenas del crimen y evidencia digital.
Pero detrás del cargo, permanece el mismo dominicano que decidió cruzar fronteras persiguiendo excelencia.
Desafíos en la identificación de víctimas
En enero de 2025, su trabajo volvió a colocarlo frente a una tragedia de gran escala: la colisión entre un helicóptero militar y un avión comercial cerca del aeropuerto Ronald Reagan, en el río Potomac. Las 67 personas a bordo fallecieron de manera prácticamente instantánea.
El desafío no era solo determinar la causa de muerte —trauma contuso severo, principalmente craneal— sino devolver dignidad a cada familia.
Gracias a la rapidez del equipo y al uso de ADN para identificar y reasociar restos anatómicos, lograron una de las identificaciones científicas de víctimas más rápidas en la historia de Estados Unidos.
“No se puede devolver la vida”, explica, “pero sí se puede devolver a una familia los restos de su ser querido de la manera más completa y digna posible”.
Esa frase resume su filosofía.
La importancia de la honestidad en la medicina forense
En su carrera ha realizado cerca de 10 mil autopsias. Ha investigado sobredosis, homicidios, accidentes aéreos y hasta uno de los casos más impactantes de su vida: un hombre en Detroit que traficaba ilegalmente con partes humanas y almacenaba más de 1,200 cabezas humanas.
También enfrentó crímenes donde la ciencia debía ir más allá de lo evidente, como el caso de cuatro jóvenes halladas muertas sin signos claros de violencia, donde su criterio forense permitió sostener que no se trataba de coincidencias, sino de homicidios.
Porque en medicina forense, muchas veces, la verdad no grita: susurra.
Díaz insiste en que no siempre hay respuestas inmediatas. Algunas muertes quedan inicialmente como “indeterminadas”, porque el rigor científico exige admitir cuando aún no se sabe.
“No hay que inventarse las cosas”, afirma. “Si hiciste todo lo posible y no encontraste una respuesta, lo correcto es decir que en este momento no se puede determinar”.
Esa honestidad profesional es quizá una de sus mayores lecciones.
También reconoce que República Dominicana ha avanzado mucho en patología forense, pero todavía necesita más recursos financieros y estructurales. Porque la ciencia forense no solo sirve para resolver crímenes: también permite a las familias cerrar ciclos, acceder a justicia y encontrar paz.
“Algo que tiene la República Dominicana, que es similar a Estados Unidos, es clasificar la manera de la muerte. Es decir, si la muerte es un homicidio, un suicidio, un accidente, no se puede determinar, o si es natural. En muchos países de Latinoamérica, los médicos legistas, o los que se encargan de medicina forense, no hacen esa determinación. Yo creo que lo que le hace falta a la República Dominicana, como a muchos países, es recursos. Recursos financieros”, detalló.
Hoy, desde Washington D.C., Francisco Díaz representa mucho más que un cargo prestigioso, representa a un dominicano que salió del país con una meta clara, que convirtió la disciplina en excelencia y que, incluso entre tragedias, ha encontrado una forma profundamente humana de servir.
Mientras otros cuentan historias de éxito en cifras, él las cuenta en respuestas.


