La pretemporada de los equipos en Europa está en proceso de cierre. El inicio del nuevo curso está a la vuelta de la esquina. Como los que arrancan seguido de un mundial, produce una serie de movimientos en los planteles que hacen que la expectativa por estos comienzos acumule un interés particular.
Fuera de la cancha, en los despachos, sin embargo, se está jugando un partido al que hay que ponerle el ojo. El estrato más alto de la dirigencia del fútbol ahora mismo se ve amenazado y no por sus propios errores, como admitieron la semana pasada, más bien por un deseo económico que al parecer no conoce límites, y que pone en entredicho valores fundamentales en este gran ecosistema, como son la integridad y la unión.
El éxito de Estados Unidos, México y Canadá fue un triunfo con el que la gestión actual pensó adjudicarse una patente para seguir reproduciéndose sin tener en cuenta cómo y con quienes se aliaba.
Cuando a finales del pasado mes Martin Ziegler, periodista del inglés The Times, dio a conocer la intención de la venta a capitales privados de parte de los derechos del mundial, provocó repudio colectivo y una indignación que ya se venía gestando años atrás, debido a unas voluntades cuya prioridad apunta más a la multiplicación de beneficios, sin importar que la esencia de la competencia y del juego mismo sufra daños difíciles de reparar; la actual crisis no hacía más que comenzar.
La carta abierta publicada ayer por la AFC, CONCACAF y UEFA acentúa la evidencia del cisma. Cuestiona lo que hasta hace poco parecía incuestionable e incluso intocable. Un contrapeso necesario en un momento clave que señala y le pide rendir cuentas a un poder que, con la bandera de la transparencia, ha querido más de la cuenta, ¡y hasta mucho Dios lo ve!


