Las boas no asfixian a sus presas, las exprimen hasta matarlas. La ciencia acaba de descubrir cómo

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Ya está bien de criminalizar a las pobres boas constrictors. Ya está bien de prejuicios e inexactitudes. No, no es cierto que cuando las pobres boas se enroscan alrededor de un pájaro o un lagarto (cuando los introducen en uno de sus abrazos cálidos, firmes e intensos) estén tratando de asfixiarlos. Nada de eso. Lo que hacen las boas al exprimir lenta, pero incansablemente a sus víctimas es, sencillamente, bloquear la circulación sanguínea. Vale, así explicado, igual no suena tan bien como pensaba y llevabais razón: las boas constrictors son unos bichos de mucho cuidado.


Pero también unos bichos muy interesantes. Por ejemplo, durante años los científicos se han preguntado cómo hacen las propias serpientes para no asfixiarse durante el proceso. Y es que, a poco que lo reflexionamos, resulta sorprendente: incluso con sus pulmones fuertemente apretados en plena constricción, las boas pueden seguir respirando con aparente normalidad. Ahora tenemos una respuesta.

Un trabajo desagradable, pero alguien tiene que hacerlo. Durante meses, un equipo de investigadores de la Universidad de Brown se ha dedicado a observar como las serpientes mataban a sus almuerzos mientras las monitorizaban con electrodos y las escanearon usando rayos X. La idea era conseguir hacerse una idea bastante precisa (y realista) de los mecanismos que usaban estos los depredadores para tomar aire mientras tenía el cuerpo hecho un guirigay.

Respirar con todo el cuerpo. Lo que han descubierto es que las serpientes cambian su estilo de respiración y usan las partes traseras de sus largos pulmones y cuerpos para mantener constante el flujo de oxígeno. Cuando no están haciendo masajes a sus víctimas, las boas respiran con los movimientos de sus costillas, expandiendo y contrayendo los músculos para llenar y vaciar sus pulmones. Es casi un acordeón.

Este tipo de respiración en reposo tiene su «epicentro» en la parte delantera de la serpiente, alrededor del corazón. Pero cuando empiezan a enroscarse, las boas utilizan precisamente esos músculos para exprimir a sus víctimas. Por ello, el trabajo de respiración se desplaza a la zona de atrás. Esto, de paso, resuelve un problema mucho más antiguo.

Un enigma evolutivo. Y es que los investigadores llevan décadas dándole vueltas a por qué los pulmones eran tan largos. Sobre todo, porque la parte del final de estos no tienen suficientes vasos sanguíneos como para ser efectivos en el suministro de aire: no parecían tener una funcionalidad real. Ahora tiene sentido: esa bolsa inútil es un fuelle.

La duda ahora es qué vino antes: el huevo o la gallina. ¿Esta adaptación surgió como respuesta a la práctica de constricción o fue anterior a ella (y lo que permitió, al final, que esta pudiera darse)? Y es que aunque parezca una curiosidad evolutiva con poco juego, nos puede dar la clave de cómo evolucionaron los sistemas respiratorios de los primeros animales terrestres. Quién se iba a imaginar que una boa iba a dar para tanto.

Imagen | Jan Kopriva


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Javier Jiménez

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