Llevamos siglos demonizando al aburrimiento. Acabamos de descubrir que es lo mejor que nos puede pasar

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Qué aburrimiento, ¿no? Y no hablo de un momento en concreto, no; hablo de todo en general. Hay quien lo llama incluso «la epidemia del aburrimiento«: este fenómeno propio de la hiperconectividad, que consiste en nosotros mismos saltando de estímulo en estímulo con la idea de matar (y rematar) cualquier tiempo muerto para acabar tan aburridos como estábamos. O más. Pero ¿y si os dijera que está bien eso de aburrirnos?


¿De qué hablamos cuando hablamos de aburrimiento? Lo primero es lo primero. Quizás el mayor experto mundial en aburrimiento es John Eastwood, profesor de la Universidad de York en Canadá, que lleva más de una década estudiando el tema. Suya es la definición clásica de aburrirnos: «la experiencia aversiva de querer, pero no poder, participar en una actividad satisfactoria». En palabras llamas: es algo que ocurre cuando, aunque queremos, no somos capaces de centrar nuestra atención en algo concreto y, de paso, atribuimos ese problema al entorno.

Arenas movedizas. Eso último es importante. Sobre todo, porque la tendencia natural (cuando estamos aburridos) es buscar estímulos y distracciones externas. Estamos hambrientos de entretenimiento y salimos a cazarlo. Pero eso acaba siendo un problema: de hecho, lo que ha descubierto el equipo de Eastwood es que esa solución es equivocada.»Al igual que la trampa de las arenas movedizas, hacer eso solo sirve para fortalecer las garras del aburrimiento al alienarnos aún más de nuestros deseos y pasiones».

Por lo que sabemos, las personas que se aburren más no solo están más enfocadas al exterior como acabo de decir, sino que además tienen más dificultades para identificar sus propias emociones. De tal forma, cuanto más nos enfocamos en encontrar cosas que atraigan nuestra atención, que nos distraigan, que nos entretengan; más nos desvinculamos de nuestros propios deseos. Y acabamos perdidos (y aburridos) en la sobreestimulación.

Y eso es un problema porque el aburrimiento tiene muchas cosas negativas Hasta hace relativamente poco tiempo, el aburrimiento era un tema muy poco estudiado. No obstante, en los últimos años, hemos aprendido mucho y empezamos a intuir por qué el aburrimiento tiene tan mala fama. Es decir, hemos descubierto su relación con la depresión y la ira, con el juego patológico, con la mala conducción, con los niveles más bajos de autorrealización personal e incluso con la agresión y la impulsividad). Porque sí, el aburrimiento es un detonante más que claro de la agresividad.

¿Para qué sirve aburrirse? Teniendo en cuenta todo esto, cabe preguntarse eso, para qué sirve aburrirse. Y en términos generales, parece que ese carácter especialmente desagradable del aburrimiento «hace que las personas deseen participar en actividades que encuentran más significativas que las que tienen a mano». Es decir, que «la desagradable sensación de aburrimiento “recuerda” a las personas que hay asuntos más importantes […], cosas más valiosas que hacer».

El problema es cómo usamos ese aburrimiento. Si me habéis seguido hasta aquí y habéis vencido al aburrimiento, os habréis dado cuenta de que esto es un poco la pescadilla que se muerde la cola. El aburrimiento nos recuerda que tenemos cosas más relevantes que hacer, pero buscar esas cosas nos hunde más en el aburrimiento: para este viaje no hacían falta alforjas.

No obstante, eso es porque la perspectiva cultural nos está invisibilizando la otra opción. El equipo de Eastwood, que ha trabajado mucho en temas de clínica (es decir, que trabaja con personas «enfermas de aburrimiento») se han dado cuenta de que, en realidad, el problema está en esa búsqueda exterior. Su propuesta es entender el aburrimiento como una oportunidad para «descubrir la posibilidad y el contenido de los propios deseos».

Imagen | Priscilla Du Preez


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Llevamos siglos demonizando al aburrimiento. Acabamos de descubrir que es lo mejor que nos puede pasar

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Javier Jiménez

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