Los rusos vuelven a enfrentarse al intento de control totalitario

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El aumento de la xenofobia, la represión policial, la censura en internet y las dificultades para viajar al extranjero han obligado en los últimos años a los rusos a cambiar muchos de los hábitos occidentales adquiridos desde la caída de la Unión Soviética.

Por ese motivo, los rusos se encierran en la cocina como antes de 1991 para poder hablar con libertad, informarse y proteger a sus seres queridos del invasivo control del Estado.

Aunque la mayoría vive a cientos o miles de kilómetros de la guerra, la presencia permanente de la propaganda en sus vidas ha duplicado en estos cuatro años el consumo de antidepresivos como Prozac.

Da la impresión de que los rusos se metieron a principios de 2020 con el Covid en un círculo vicioso, del que aún no han podido salir, ya que cuando acabó el coronavirus, comenzó otra pandemia no menos sangrienta: la guerra. De hecho, desde hace seis años está prohibido manifestarse por motivos de seguridad.

El Gran Hermano ruso

Nada más salir de casa uno sufre en sus propias carnes la involución. La mitad de las regiones rusas sufren cortes casi diarios de internet y telefonía móvil -las autoridades aluden a los drones, pero muchas de ellas no sufren ataques-, lo que influye notablemente en la vida cotidiana y laboral.

Estudiar, comprar o reservar ya no es lo mismo. El pago de los productos se ha vuelto mucho más rudimentario. En muchas tiendas hay que pagar de nuevo en efectivo o con transferencias telefónicas como antaño.

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Infografía

Aunque la mayoría de rusos vive a cientos o miles de kilómetros de la guerra, la presencia permanente de la propaganda de la guerra en sus vidas ha duplicado en estos cuatro años el consumo de antidepresivos como Prozac.En la imagen, el Kremlin. (EFE/ IGNACIO ORTEGA)

El VPN, palabra desconocida para los rusos hasta 2022, es como el aire. Si no funciona, estás perdido, ya que no puedes entrar en YouTube, Netflix, Instagram, Facebook o X.

Si esas aplicaciones o redes sociales ya habían sido censuradas al comienzo de la contienda, ahora le ha tocado el turno a WhatsApp y Telegram. Ya no se pueden hacer llamadas con esas aplicaciones. Para burlar la censura -el Kremlin exige introducir la aplicación MAX-, algunos rusos desesperados han vuelto a los teléfonos de botones.

El frigorífico supera a la televisión

Durante muchos años de mandato del presidente ruso, Vladímir Putin, se dijo que la televisión llevaba la ventaja al frigorífico, porque éste estaba lleno de alimentos.

Si los salarios y las pensiones aumentaban, los rusos estaban dispuestos a aceptar los principales postulados de la propaganda del Kremlin. Ese contrato social ya hace unos cuantos años que no funcionaba igual, pero en los últimos tiempos el encarecimiento de los artículos más básicos lo ha convertido en papel mojado.

Además, el efecto deseado por la propaganda no es el mismo. Mientras los índices de apoyo de Putin, según los sondeos oficiales, rondan el 80 %, sólo una minoría apoya la continuación de la guerra en Ucrania y la mayoría demanda negociaciones de paz.

Los rusos ya no se creen a pies juntillas lo que dicen los medios de comunicación oficiales. El problema es que, si no hay VPN, en el país ya no existe ni un solo medio independiente, sea escrito o digital. Todos han sido clausurados.

Una nueva clase social

Putin, un gran aficionado a la ingeniería social, habla de que los rusos que han combatido en Ucrania conforman una nueva clase, que será la que dirija y gestione el país a su regreso del frente.

Aunque no son pocos los que ponen en duda esa afirmación, el conflicto ha creado un nuevo estrato social que componen aquellos que se han beneficiado de la conocida como ‘operación militar especial‘, es decir, los millones que han trabajado para la industria militar o sectores adyacentes.

Para el resto, desde reservistas a reclutas o inmigrantes, la amenaza de movilización está a la orden del día. Los reclutas son obligados a firmar contratos profesionales y los migrantes son deportados si no aceptan combatir por su nueva patria. Si vuelven con vida, tienen garantizada la ciudadanía.

La prensa intenta ocultar a las decenas o cientos de miles de hombres que han regresado tullidos -física o psicológicamente- del frente, pero cada vez hay más veteranos de guerra y pensionistas en las colas de comida de la beneficiencia.

Sin viajes ni marcas o películas extranjeras

La suspensión de las conexiones aéreas debido a las sanciones occidentales y la notable restricción en la expedición de visados ha hecho que los rusos cambien de destinos en sus viajes de turismo, negocio y estudios. Europa se ha caído de la lista.

Las marcas extranjeras abandonaron masivamente Rusia tras la invasión. Los rusos encontraron alternativas y sucedáneos, pero echan mucho de menos su firma preferida. Las hamburguesas no saben igual que las de McDonald’s y la ropa no queda igual de bien que la de Zara.

El sector donde esto es más evidente es el automotriz. De Mercedes, BMW, Hyundai, Toyota y Lexus, hemos pasado a los coches chinos -Chery, Geely y Haval-, que han conquistado gran parte del mercado nacional.

El ocio también ha sufrido un duro revés con la guerra, las películas de Hollywood, con honrosas excepciones, han dejado de proyectarse en los cines rusos, cuyas carteleras han sido invadidas por películas patrióticas.

Los rusos han vuelto al pirateo para ver a sus actores preferidos. Lo mismo ocurre con los conciertos. Moscú ha dejado de ser una plaza obligada para grandes estrellas de la música. EFE

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