Más de 180 horas bajo tierra: la carrera contra el tiempo en Venezuela

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En dos décadas como rescatista, Kevin Meyers no había enfrentado una operación que lo pusiera tanto a prueba como la de ayudar a liberar a un hombre atrapado bajo 160 toneladas de concreto y ladrillos tras el doble sismo en Venezuela.

El rescate de Hernán Gil, quien sobrevivió 183 horas enterrado tras los terremotos del 24 de junio, trajo esperanzas al país caribeño, que cuenta ya más de 3,500 muertos por el desastre.

Pero también marcó a las decenas de socorristas que trabajaron durante casi cuatro días para extraer vivo a este vigilante aprisionado bajo los escombros de un edificio en La Guaira, un estado vecino de Caracas y el más afectado por los sismos.

«Fue, al 100%, el rescate más desafiante de mi carrera», dijo Meyers, del equipo estadounidense Florida Task Force 2, que se sumó a decenas de misiones internacionales que viajaron a Venezuela para buscar sobrevivientes.

«En otros he tenido que recurrir a algunas de las habilidades que se usaron aquí, pero este las reunió todas», añadió.

«Fue una labor complejísima«, coincidió Víctor Torres, del USAR Bomberos de Chile, quien describió el operativo como uno de los más difíciles en los 175 años de esa unidad.

Rescatistas llegados de Estados Unidos, Chile, Portugal, El Salvador, México, Costa Rica y Venezuela compartieron angustia, incertidumbre y finalmente alegría cuando Gil emergió de su encierro sobre las 09H00 del 2 de julio.

Señales de vida

Hernán Gil cumplía su turno en el sótano de las Residencias Sol Marino Garden en Catia La Mar, en el litoral venezolano, cuando a las 18H04 del fatídico miércoles la tierra tembló y se lo tragó.

Mientras gritaba por auxilio, e intentaba rezar para mantener la calma a medida que las réplicas se sucedían, afuera intentaban localizarlo.

Dos días después de los sismos, rescatistas chilenos inspeccionaron el lugar y regresaron con radares tras recoger testimonios de los vecinos.

  • Tres lecturas dieron señales de vida.

El 29 de junio, cuando un nuevo temblor arrinconó aún más a Gil, equipos de El Salvador y de Costa Rica entraron por un estacionamiento conectado con el área donde creían que estaba. Iniciaron un primer túnel, pero no lograron orientar la búsqueda.

Hasta que, por un segundo túnel hecho por los chilenos, en la madrugada del 30 de junio se pudo escuchar débilmente la voz de Gil.

«Ellos me llamaban y me decían que me quedara callado, que escuchara los golpes y les dijera» dónde los oía, contó Gil.

Con sus respuestas, Torres definió el rumbo y llegó a tocarle los dedos a Gil. «Fue un momento bien emotivo», recordó el rescatista.

A través de ese agujero le pasaron una sonda de hidratación y una minicámara para monitorearlo.

Pero el rescate sufriría otro revés.

«El cielo es el límite»

El plan de los chilenos se tornó inviable por el alto riesgo de colapso si continuaban cavando. Con colaboración de los equipos de Los Ángeles y de Florida, decidieron intentar otro enfoque.

La tensión aumentaba mientras los rescatistas cavaban sin parar.

«Yo recibía la presión de los ingenieros: cada vez que el túnel avanzaba más en horizontal, más inestable se volvía», relató Torres, quien participó en el rescate de los 33 mineros en Chile en 2010.

«Era un momento que en emergencias llamamos ‘go o no go‘, o te vas o te quedas», dijo.

Se quedaron. Y la esposa de Gil, Gusbimar González, pendiente en todo momento, pudo volver a abrazar a su marido. «Fueron los ocho días más largos de mi vida», dijo luego a la AFP.

Cuando la salida de Gil parecía inminente, los rescatistas enfrentaron otro obstáculo: las piernas del vigilante se atascaron en una silla.

Torres y Eric DeArmas, del Florida Task Force 2, se miraron a los ojos. Sabían que Gil tendría que hacer un último esfuerzo.

«Él empujó un poquito más (…) Se volteó hacia nosotros y lo agarramos por los brazos y comenzamos a levantarlo», dijo DeArmas.

Gil sintió que se desmayaba.

DeArmas, acostumbrado a mantener las emociones a raya, no pudo contener las lágrimas.

«Fue simplemente una avalancha de alivio, felicidad y alegría por él, y sí, me quebré un poco. Incluso le di un beso en la cabeza«, relató DeArmas, sonriente.

«Creo que todos aprendimos algo a nuestra manera», dijo Meyers. «Yo aprendí que el cielo es el límite«.

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