Moda rápida transforma el oficio de sastres y modistas

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En un mercado dominado por la ropa de bajo costo, la moda rápida (fast fashion) y las prendas de segunda mano, sastres y modistas han tenido que reinventarse para mantener vivo un oficio que durante décadas se transmitió de generación en generación.

Hoy, para la mayoría de los clientes, acudir a un taller de costura ya no significa mandar a confeccionar una prenda desde cero, sino hacerle ajustes a una pieza comprada: subir un ruedo, cambiar un cierre o entallar un vestido.

Ese fue el caso de Rosa Iris Luciano, quien rompió esa tendencia hace cuatro meses cuando decidió mandar a confeccionar el traje que usaría en su graduación universitaria porque quería vestir algo diferente.

La confección costó 5,000 pesos y tomó alrededor de 20 días. Para ella la experiencia fue satisfactoria por la calidad del trabajo y el cumplimiento del tiempo acordado.

 

Sin embargo, reconoce que esa no es una práctica habitual. La mayoría de las veces visita una modista únicamente para realizar pequeños arreglos, como cambiar un cierre o hacer ajustes, trabajos por los que suele pagar entre 200 y 250 pesos.

La transformación de los hábitos de consumo ha cambiado también el trabajo de quienes viven de la costura. La confección artesanal exige tiempo, precisión, paciencia y dedicación, muy distinto al ritmo de la producción masiva que caracteriza a la llamada fast fashion, donde el valor está en producir grandes volúmenes en poco tiempo.

Del diseño a los arreglos

Klivercys Rojas conoce de cerca esa transformación. Lleva más de cuatro décadas trabajando como modista en Villas Agrícolas y recuerda que sus primeros clientes acudían para confeccionar ropa completamente a la medida.

«Los primeros clientes fueron de hacer ropa a la medida. Conforme fue cambiando el tiempo y la demanda que la gente tenía, se me hizo más fácil y rápido enfocarme solo en arreglar prendas», cuenta.

Aunque disfruta crear prendas desde cero, admite que ese tipo de trabajo dejó de ser rentable.

Cada pieza implica tomar medidas, elaborar el patrón, buscar la tela, cortarla, coserla y realizar varias pruebas con el cliente antes de entregar el producto, un proceso que puede extenderse durante semanas.

Los precios también reflejan ese esfuerzo. Un vestido corto cuesta alrededor de 1,500 pesos; uno largo, 2,000 pesos; un pantalón, 1,200 pesos, y una blusa, unos 800 pesos.

Los arreglos, en cambio, son más rápidos y representan hoy la mayor parte de sus ingresos. Dependiendo de la complejidad, cobran entre 200 y 300 pesos, aunque modificaciones más completas pueden alcanzar entre 500 y 800 pesos.

Reinventarse para sobrevivir

Para Jorge Ramírez, propietario de un taller en el ensanche Luperón, confeccionar ropa a la medida dejó de ser una opción viable hace tiempo.

Ante la disminución de los pedidos, decidió especializarse en la elaboración de ornamentos litúrgicos utilizados por sacerdotes.

«Para vivir de eso hay que tener un buen taller. Una prenda hecha a la medida puede tomar hasta tres días de trabajo, y hoy en día eso ya no da para vivir. Antes sí se podía vivir de la confección a la medida, pero ahora no», afirma.

Un oficio heredado

La historia de César Mateo también refleja los cambios que ha vivido el oficio.

Propietario de Alteraciones y Sastrería Miguel, cuenta que no eligió ser sastre. Fue su padre quien les enseñó el oficio a él y a su hermano hasta convertirlo en una profesión.

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Cesar Mateo propietario de Alteraciones y Sastreria Miguel (DIARIO LIBRE/DARE COLLADO)

«En estos tiempos no es tan rentable como antes, a menos que te dediques al cien por ciento«, dice.

Explica que la mayor parte de sus ingresos proviene de las alteraciones de prendas. La demanda aumenta durante el regreso a clases y en diciembre, cuando muchas personas prefieren ajustar la ropa que ya tienen antes que comprar una nueva.

Los precios varían según el trabajo. Cortar el ruedo de un pantalón, por ejemplo, cuesta entre 100 y 200 pesos.

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