Cecilia García destaca en Perdida Mente teatro

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Perdida Mente se estrenó con éxito el pasado fin de semana en el Gran Teatro del Cibao, en Santiago de los Caballeros, y este fin de semana sube a escena en la Sala Ravelo del Teatro Nacional Eduardo Brito, con una función especial para invitados este miércoles, a las 8:30 de la noche.

La pieza argentina,escrita por Mariela Asensio y José María Muscari, debutó en el país el pasado 4 de septiembre en la Sala Julio Alberto Hernández del Gran Teatro del Cibao, en Santiago de los Caballeros, con las actuaciones de Cecilia García, Olga Bucarelli, Karina Noble, Laura Rivera y Pachy Méndez.

Ladirección es de Carlos Espinal, con la banda sonora del maestro Dante Cucurullo, se presentará los días 18 y 19 en la referida sala.

Una de sus protagonistas, Cecilia García, conversó sobre el montaje, el personaje de María Inés y lo que ha significado interpretar a una mujer que empieza a perder el control de su propia mente.

Perdida Mente tuvo un estreno muy exitoso en Santiago. ¿Qué significó para usted recibir esa primera reacción del público dominicano?

Mira, siempre tuve muchas expectativas, porque era un tema que no se había tratado desde un escenario, y con una serie de características que no son precisamente las que hace una persona en un consultorio, por ejemplo, en una charla médica.

Pero significó muchísimo, luego de ver la reacción de ese público de Santiago, con sus emociones, con su aprendizaje.

—¿Qué cree que encontró el público de Santiago en una historia que aborda el deterioro cognitivo y el Alzheimer desde el humor?

El texto era exactamente igual que el que recibimos. Nuestro libreto, solamente cambiamos quizás algunas cosas, porque es argentino y quizás allá fue un poco localista; nosotros lo hicimos desde cualquier lugar, que puede ser este o cualquier otro, pero con exactamente el mismo texto que nos mandaron.

La puesta en escena, yo creo que quizás cambió, porque yo no vi el trabajo que hicieron los argentinos, pero lo que vi por internet fueron cosas muy diferentes, muy jocosas, y quizás pusieron eso como su punto de venta, para no tratar el Alzheimer como tal, porque no es así como se tiene que vender.

Nosotros hicimos el trabajo desde la seriedad, desde el respeto, y las personas lo recibieron así.

Hubo cantidad de momentos en que la gente se reía muchísimo, porque a veces lo trágico te da un poco de risa, quizás para no enfrentarlo, quizás por un momento de ansiedad; pero no es una comedia, es un drama con humor inteligente. En Perdida Mente, nadie se está riendo de nada, y así mismo lo recibieron y así mismo lo expresaron.

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Infografía

De izquierda a derecha, Olga Bucarelli, Karina Noble, Cecilia García, Pachy Méndez y Laura Rivera, protagonistas de “Perdida Mente”. (CEDIDA POR LA PRODUCCIÓN DE LA OBRA)

—Después de ese estreno, ¿qué conversación tuvo consigo misma sobre el personaje de María Inés?

Es una mujer que tuvo que adaptarse a esa realidad, que tuvo el valor para decírselo a su gente de diferentes maneras, sobre todo porque fue recibido de manera diferente por cada uno de los integrantes de su entorno.

Yo creo que fue una mujer valiente, que se entregó y que al final de la historia se quedó con la misma gente que tenía desde un principio: con la hija que apenas veía, con la hermana con la que no tenía esa relación, con la asistente, con la representante legal, que siempre tuvo sus dudas.

Pero creo que al final, con todo lo que dice, se da cuenta de lo que tiene, y no hay nada peor para un diagnóstico que no reconocer su enfermedad, como dice ella misma en uno de sus soliloquios.

—Usted interpreta a una jueza acostumbrada a tener el control de todo, pero que comienza a descubrir que está perdiendo el control de su propia mente. ¿Qué fue lo más desafiante de construir ese personaje?

Es un personaje muy rico, muy intenso, tanto en una u otra fase. Por momentos se desliga de la realidad y por momentos recobra su control y su realidad, y sabe jugar un poco con las dos cosas.

Hacer eso en la vida real, teniendo ese padecimiento, es una forma, pero recrearlo en un personaje y hacerlo en un escenario, con el tiempo que eso amerita, fue para mí el reto más grande que hasta ahora he tenido en mi carrera, porque es una línea muy fina que de lo sublime se puede pasar a lo ridículo, a lo cursi, a lo risible, y hay que saberla dominar muy bien.

Y no se perdió nunca ese contacto con la gente, con el público: esa proyección nuestra la gente la entendió, la hizo suya, vibramos con ellos y ellos también se nutrieron de nosotros.

—¿Qué parte de María Inés (su personaje) le resulta más cercana a Cecilia García y cuál está más lejos de usted?

En sus momentos de lucidez, sí, es una mujer dominante, es una mujer emprendedora, es una mujer que se centraliza, que se parece un poco a lo que yo puedo ser en un momento determinado. Pero, claro, sus ausencias son cosas que yo felizmente no he pasado.

Sí pude ver, en todas sus ausencias, que había siempre un dejo de ternura o de preocupación por el otro, y eso fue siempre muy importante.

—La crítica ha señalado que el personaje de María Inés “parece escrito para usted”. ¿Qué siente una actriz con más de cinco décadas de trayectoria cuando recibe un reconocimiento de esa naturaleza?

Después de leer ese análisis, esa crítica, fue para mí más que gratificante, comprometedor, emocionante; no solamente ver la crítica de ese momento, sino lo que él considera que soy yo en sentido general.

Eso me hizo darme cuenta de que parece que no equivoqué mi vocación, y que asumo como oficio lo que a la gente le gusta y además lo que me gusta a mí.

—¿Qué tiene María Inés que todavía no habíamos visto de Cecilia García sobre un escenario?

María Inés tiene la inmensidad de la duplicidad constante, instantánea a veces, cuestión de muy pocos segundos. Estamos hablando de una obra que no te puede parar por procesar lo que en sentido general uno procesa de otra forma: esos altibajos, esa condición humana, esa ausencia, esa emoción, ese amor, esa inconformidad o esa agresividad.

Hacerlo constantemente en altibajos no es fácil, y para mí es una cosa que nunca había experimentado en mi vida profesional.

—La obra consigue hacer reír mientras habla de una enfermedad que muchas familias viven con dolor. ¿Cómo encontró usted el equilibrio entre el humor y la sensibilidad?

Como María Inés también vivía su dolor, como la gente que estaba con María Inés también vivía su dolor. Fíjate que no es una obra sobre el Alzheimer, es una obra sobre cinco mujeres con cinco vidas y cinco historias.

El Alzheimer es un episodio excéntrico en esa realidad, porque determina una nueva etapa de la vida de una persona que ha regido todas esas vidas.

No es una obra que trate el Alzheimer como teoría ni como cuestión médica, sino lo que hacen las personas que lo tienen, lo que pasa en el cerebro de esas gentes y qué pasa con las otras vidas que están alrededor de esa mujer, que también han tenido vida anterior a ese caso y tienen proyectos aparte de lo que eso pueda significar.

De eso se trata: de cinco historias maravillosas y distintas, de esas mujeres, en ese relato en el que esa jueza comienza a demostrar síndrome de Alzheimer.

—¿Qué ha aprendido personalmente sobre la memoria, el envejecimiento y la fragilidad humana a través de este personaje?

Mucho. Es un aprendizaje interesante sobre lo que quizás nos falta por vivir, en el caso nuestro, de nuestras edades: lo que falta por vivir teniendo mucha gente alrededor, cumpliendo con muchísimos roles, haciendo muchísimas cosas.

El envejecimiento, ganar años, te limita una serie de cosas, pero te engrandece otras. Y justamente ahí es cuando ves las verdaderas amistades, cuando te das cuenta de la gente que está contigo por otro tipo de sentimiento, que no es necesariamente el amor ni la amistad, sino el aprovechamiento, el interés específico que pueden tener algunas personas.

Y esa fragilidad humana, a través de ese personaje, sí; pero a veces son más frágiles los que ni siquiera tienen el padecimiento que tiene ese personaje. En ocasiones, la fragilidad humana es todavía mayor.

—La obra plantea una pregunta muy profunda: ¿quiénes somos cuando empezamos a olvidar quiénes fuimos? ¿Cómo ha cambiado su propia respuesta a esa pregunta después de interpretar a María Inés?

Casi todos tenemos una persona cercana, un familiar, un allegado, un conocido, que ha pasado por esta enfermedad tan terrible y tan indignante para el ser humano: es como no saber quién es uno.

Pero hay una frase muy hermosa que dice ella misma cuando reúne a esas personas que la ven en el estado en que está: “Por eso las reuní a todas, para que vieran cómo estoy y no permitan ustedes que yo deje de ser un ser humano, porque el ser humano es lo más importante; es el que mira las estrellas, el que manda cohetes a la luna, el que canta, el que hace poesía, hace filosofía, hace todo tipo de cosas. No permitan jamás que me vuelva la nada de mí misma.

Ella, en sus momentos de lucidez, sí se preocupaba mucho y no quería verse así. Al final recibe, en esa obra, todo el cariño y todo el buen trato. Todos los personajes tienen un papel estelar en la realidad de María Inés, en la realidad de esa persona que la quieren, que la han querido, que han trabajado para ella, que son su familia.

Y hay unos soliloquios de todas, hermosísimos, un gran aprendizaje para cualquiera.

—¿Ha pensado en cómo reaccionaría Cecilia García si algún día tuviera que enfrentarse a una situación similar a la de María Inés?

Yo tenía una amiga que decía, y es verdad, que el proceso de perder la memoria —porque la memoria no se pierde de golpe— tiene que ser muy duro: cuando no encuentras una palabra, cuando sientes de una forma, y la gente te ve ausente cuando en realidad estás más presente que los que están oyendo, y no puedes demostrarlo ni expresarlo, eso sí es muy duro.

La memoria a mí no me ha fallado nunca, aunque tampoco tengo herencia de eso, pero la vida es así. Después que uno pierde su memoria, después que uno ya está ahí sin recordar quién fue y quién ha dejado de ser, creo que eso es algo que uno no puede decidir cómo se va a sentir, hay que pasarlo.

Uno piensa que la pasan bien porque no se quejan, porque no se acuerdan; que solamente son los familiares alrededor los que peor lo pasan.

Uno no sabe cómo está el cerebro de esas personas, no sabe todo lo que sienten, todo lo que se dan cuenta, todo lo que sufren, y ni siquiera pueden expresarlo, ni siquiera con una lágrima.

El conocimiento del cerebro es muy, muy complejo. Y nadie sabe realmente cómo lo pasa esa persona; uno lo considera malísimo porque puede expresarse, pero uno no sabe qué hay adentro de ese cerebro.

—¿Alguna persona que haya vivido de cerca el Alzheimer se le ha acercado después de una función para contarle su historia?

Sí, claro que sí. Mucha gente se nos acercó diciendo que estaban viviendo esa situación, o que tenían temor de vivirla en el futuro porque algún familiar había dado algunas demostraciones de que podía pasarle eso.

El pueblo tiene todo tipo de público; ningún público es igual a otro, porque nadie tiene que sentir exactamente lo mismo que el otro. Pero, en sentido general, esta es una obra que lleva a la emoción, a la verdad, a la valentía, a todos los públicos por igual.

—Después de más de 50 años sobre los escenarios, ¿todavía hay personajes que consiguen ponerla nerviosa antes de salir a escena?

Siempre va a haber un motivo y una situación que me ponga nerviosa, a pesar de los años. El día que no me ponga nerviosa antes de salir a escena, lo dejo todo, porque hay muchas cosas conjugadas: el compromiso, las ansiedades, las emociones, el momento mismo, porque ya es algo que está ahí y no puedes echar para atrás.

Tan pronto comienzas, llegas al escenario y te enfrentas con el público, ya lo dominas; un día mejor que otro, un día excelente, un día te gusta más cómo lo hiciste que el día anterior. Pero realmente los nervios, la ansiedad, ese frío que te da, nunca bajan, no importa la cantidad de años ni la cantidad de obras que tengas encima.

—¿Qué sigue buscando Cecilia García en un personaje a estas alturas de su carrera?

Yo no estoy buscando ningún personaje. Encuentro personajes que me gustan o no me gustan, en los que me veo dentro de ellos o no, pero por el simple hecho de que quiero ir a trabajar en eso, no me importa lo demás.

Tengo, gracias a Dios, la facilidad y la condición de poder escoger lo que me guste y desechar lo que no me guste.

—¿Este personaje le ha mostrado una faceta de usted misma que no conocía?

No creo que me haya demostrado ninguna faceta. Bueno, quizás en sentido emotivo, porque es un personaje nuevo y muy rico en emociones; quizás me ha demostrado la capacidad de emocionarme, de saber dominar la emoción al punto de que no me quede sin poder hablar, porque la emoción me invade de tal forma que me quita las palabras.

Es un personaje que me ha exigido mucho control emocional, sin dejar de sentir lo que siento. Canalizarlo sí me ha sido difícil, básicamente por lo que tienes que cambiar de un instante a otro. Pero en función de sentimientos y de emociones, ha sido, creo, lo más rico que he podido tener.

—¿Qué ha sido lo más gratificante y qué ha sido lo más difícil de trabajar en “Perdida Mente”?

Eso mismo que le he dicho durante toda la entrevista: el hecho de tener que ser tan ambivalente, cambiar de un instante a otro, sentir de un instante a otro, experimentar sensaciones distintas de un instante a otro. Eso es altamente difícil y comprometedor para cualquier actriz.

Quizás lo que me demostró es que pude hacerlo, sin pensar que tenía la capacidad, hasta que me metí con ella dentro de mí, y pensé, sentí y juzgué como ella. Y así, de la única manera que puede hacerse eso, es así.

—Cuando termina la función y deja de ser María Inés, ¿con qué pensamiento se queda Cecilia García?

Es que no dejo de ser María Inés, no dejo. Yo dejo de quitarme la ropa de María Inés, dejo de quitarme el maquillaje y la peluca de María Inés, pero los sentimientos siempre se quedan.

Luego que termina la obra, el proyecto, siempre llevo conmigo un poco de cada uno de los personajes que he representado, desde Víctor Victoria hasta este, hasta María Inés en “Perdida Mente”. Algo siempre se queda con una, por lo menos eso me pasa a mí.

Expandir imagenhttps://resources.diariolibre.com/images/2026/09/05/perdida-mente-sube-a-escena-en-santiago-entre-humor-y-recuerdos-d77665d2.jpg

Infografía

(CEDIDA POR LA PRODUCCIÓN)

«Le propongo a las personas que tienen en su familia o a su cuidado a alguien con Alzheimer que no dejen de ir a ver ese trabajo, esa clase, esa escuela; se van a ver retratados en muchísimos aspectos» Cecilia García Actriz

—Usted ha sido actriz, cantante, humorista y productora. ¿Dónde coloca “Perdida Mente” dentro de todo ese recorrido artístico?

Entre una de las cosas más grandes que he podido hacer. Y sobre todo, no solamente por la obra en sí, ni por las actrices extraordinarias que me acompañan, sino por la puesta en escena extraordinaria de Carlos Espinal.

Esta puesta en escena valió para que nosotros lográramos esa emotividad, para que proyectáramos y transmitiéramos ese sentimiento tan fuerte, tan palpable, porque todo tiene que ver con el montaje.

Quizás el montaje que ha hecho Argentina, que ha sido el único país, aparte de nosotros, durante muchos años —diez años—, es la primera vez que esa obra sale de su país de origen y viene a República Dominicana, específicamente a Santiago de los Caballeros, y ahora, este fin de semana, a Santo Domingo.

—¿Hay algo que después de tantos años sobre el escenario todavía le produzca la misma emoción que cuando comenzó?

Sí, todo lo que hago encima de un escenario me produce la misma sensación, la misma emoción, el mismo compromiso, porque lo hago con el mismo amor que le pongo a cada cosa.

—Si una persona tiene un familiar que enfrenta Alzheimer o deterioro cognitivo y está dudando si debe ir a ver “Perdida Mente”, ¿qué le diría Cecilia García?

Que no falte, yo le diría que no falte. Porque quizás está haciendo algo totalmente opuesto a lo que se tiene que hacer; quizás se está sintiendo incapaz por no poder lograr cosas, o culpable porque le haya pasado eso a otra persona y no a usted.

En fin, la mente humana viaja mucho, porque el cerebro es inmensamente profundo en todas las manifestaciones. Le propongo a las personas que tienen en su familia o a su cuidado a alguien con Alzheimer que no dejen de ir a ver ese trabajo, esa clase, esa escuela; se van a ver retratados en muchísimos aspectos.

  • Pero hay algo tan hermoso en todo esto, que es la verdad, la sensibilidad, la verdad, que creo que debe primar en toda la gente, en quienes hayan tenido esa experiencia y en quienes no.
  • Es muy humana, muy verdadera, muy cierta; no tiene maquillaje, no tiene circunstancias que te engañen. Es la realidad a flor de piel, pura y dura, porque no se maquilla nada; se dicen las cosas tal cual son.
  • Como son ellos, los que tienen Alzheimer: no tienen filtro, dicen las cosas como las sienten, sin ningún tipo de cortapisa, ni de pudor, ni de sentimientos malsanos. Como son, por ejemplo, los niños, que no dicen mentiras ni callan la verdad.

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