La nave Orion ya se aleja de la Luna. Tras varias horas de máxima tensión y precisión, la misión Artemis II ha completado con éxito su sobrevuelo lunar y ahora inicia su viaje de regreso a la Tierra, culminando uno de los momentos más delicados y simbólicos de toda la misión.
El paso por el entorno lunar no ha sido improvisado. Detrás de este hito hay días de ajustes y decisiones críticas. En la jornada anterior, la tripulación ejecutó una maniobra de corrección de trayectoria que permitió recalibrar con precisión el rumbo de la nave. Ese encendido, planificado dentro del perfil de vuelo, era imprescindible para garantizar que Orion alcanzara el punto exacto de aproximación a la Luna y, al mismo tiempo, quedara alineada para el retorno.
Con ese ajuste completado, el sexto día de misión ha arrancado con la tripulación preparada para el momento clave. Tal y como estaba previsto en el calendario de la misión —con dos ventanas especialmente críticas que marcaban el sobrevuelo y el regreso—, Orion ha comenzado su aproximación mientras la Luna ocupaba por completo las ventanas de la cápsula. Durante varias horas, los astronautas han observado la superficie con una cercanía que no se repetía en una misión tripulada desde la era Apollo.
El punto de máxima aproximación ha llegado cuando Orion ha pasado a unos 6.500 kilómetros de la superficie lunar. En ese momento, la nave viajaba a gran velocidad respecto a la Tierra, pero lo suficientemente estabilizada en relación con la gravedad lunar como para ejecutar con precisión la trayectoria prevista. No se trataba de entrar en órbita, sino de aprovechar el paso para redirigir el viaje.
Ha sido también entonces cuando la misión ha alcanzado otro de sus hitos: la mayor distancia recorrida por seres humanos desde la Tierra. Según confirmó el administrador de la NASA, Jared Isaacman, la tripulación superó las 252.000 millas (405.500 kilómetros), rebasando el récord que permanecía intacto desde Apollo 13.
Maniobrando ‘a oscuras’
Todo esto ha ocurrido tras la cara oculta de la Luna, durante una ventana de unos cuarenta minutos en la que toda comunicación con la Tierra se ha interrumpido por completo. No había datos ni voz, solo la certeza de que la maniobra seguía su curso. Es un fenómeno conocido desde las misiones Apolo: la propia Luna actúa como barrera física para las señales de radio. Antes de perder el contacto, el piloto Victor Glover se ha despedido: “Nos vemos al otro lado”.
Ese apagón, uno de los momentos más críticos de la misión, ya había sido anticipado en los días previos, sin embargo, sigue siendo una fase inevitable.
Durante ese paso por la cara oculta, nuestro planeta ha ido desapareciendo lentamente tras el horizonte lunar, mientras la nave sobrevolaba una región en la que apenas hay presencia humana. De hecho, el único rastro activo en esa zona pertenece a misiones chinas.
La comunicación se ha restablecido en el tiempo previsto, confirmando que todo había transcurrido con normalidad. Para entonces, Orion ya había ejecutado la parte más importante de la maniobra: utilizar la gravedad lunar para impulsarse de vuelta hacia la Tierra. Este tipo de trayectoria permite que la nave regrese de forma natural sin necesidad de grandes encendidos adicionales.
Un trabajo que nunca termina
A lo largo del sobrevuelo, los astronautas no se han limitado a observar. Mientras la conexión se ha mantenido, han enviado descripciones detalladas de formaciones como la cuenca Orientale o Hertzsprung, aportando datos sobre tonalidades y estructuras que ayudarán a los científicos a comprender mejor la evolución geológica de la Luna. Estas observaciones se complementan con un amplio despliegue técnico a bordo, desde sistemas de soporte vital diseñados para mantener con vida a la tripulación durante días en el espacio profundo hasta cámaras con tecnología probada que han permitido documentar el momento en directo.
Nada de esto ocurre al margen de otros riesgos. Durante toda la misión, la NASA mantiene una vigilancia constante del Sol para anticipar posibles tormentas solares que podrían poner en peligro a los astronautas, una amenaza invisible pero crítica en este tipo de vuelos.
Ahora, con la Luna ya a sus espaldas, la misión entra en su fase final. El viaje de regreso estará marcado por ajustes menores y la preparación para la reentrada en la atmósfera terrestre, el último gran desafío antes del amerizaje en el Pacífico.


