Xi Jinping llega a Washington: ¿qué está en juego?

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El presidente chino, Xi Jinping, viaja a Estados Unidos para una visita de Estado de tres días en la que será recibido con todos los honores por su homólogo estadounidense, Donald Trump, pero que también estará marcada por las grandes diferencias que todavía separan a las máximas potencias económicas del mundo.

Xi, que partió este miércoles 23 de septiembre de China, llegará a Washington por invitación de Trump y se reunirá el jueves con el mandatario estadounidense en la Casa Blanca. Será su segundo encuentro del año, después de la visita que el republicano realizó a Beijing en mayo, cuando ambos acordaron trabajar por una relación de “estabilidad estratégica constructiva”.

El líder republicano tiene previsto acudir a la base aérea Andrews, a las afueras de Washington, para recibir a Xi y a su esposa, Peng Liyuan, en la pista, un gesto poco habitual con el que la Casa Blanca busca corresponder al despliegue ceremonial que China ofreció al presidente estadounidense hace cuatro meses.

La visita continuará el jueves 24 de septiembre con una ceremonia oficial en la Casa Blanca, un encuentro a puertas cerradas y una cena de Estado a la que fueron invitados importantes figuras de la industria tecnológica. El viernes, ambas parejas tienen previsto visitar los Archivos Nacionales.

La reunión, sin embargo, estará marcada por las diferencias entre Washington y Beijing. El comercio, la competencia por la inteligencia artificial (IA), la guerra contra Irán y Taiwán estarán entre los principales asuntos sobre la mesa

Aunque desde ambos gobiernos buscan evitar un nuevo deterioro de sus relaciones, las expectativas de que la cumbre produzca grandes acuerdos son pocas.

El comercio volverá a ocupar un lugar preponderante en la agenda. Estados Unidos y China mantienen una tregua que permitió contener la guerra arancelaria del año pasado, cuando las dos potencias llegaron a amenazarse con gravámenes superiores al 100%.

Ese acuerdo vence en noviembre y una de las principales incógnitas de la reunión será si Trump y Xi dan señales de una posible prórroga.

Las diferencias, de todas maneras, van mucho más allá de los aranceles. Washington pretende que Beijing facilite el acceso a minerales críticos y tierras raras, esenciales para sectores como la tecnología, la fabricación de vehículos y la industria de defensa. China domina gran parte de ese mercado y ya utilizó las restricciones a sus exportaciones como elemento de presión durante la disputa comercial.

Beijing, por su parte, exige una flexibilización de las restricciones estadounidenses al acceso de las empresas chinas a tecnologías avanzadas.

Pese al escaso margen para alcanzar un gran acuerdo, las conversaciones podrían dejar avances concretos, entre ellos reducciones arancelarias en determinados sectores, medidas para facilitar el comercio agrícola y una mayor cooperación contra el tráfico de drogas.

La inteligencia artificial se convirtió en otro de los grandes puntos de competencia entre Washington y Beijing.

Estados Unidos intenta preservar su ventaja en el desarrollo de modelos avanzados, especialmente en los semiconductores necesarios para entrenarlos. China, mientras tanto, aceleró sus inversiones para reducir su dependencia de la tecnología estadounidense y cuestiona las restricciones impuestas por Washington a la exportación de chips avanzados.

Trump ha dejado claro que considera la carrera tecnológica una cuestión estratégica

“Quien gane en el campo de la IA, gana”, afirmó la semana pasada el presidente norteamericano al defender que Estados Unidos evite regulaciones que puedan ralentizar el desarrollo del sector.

Desde Beijing, el mensaje es otro. En vísperas del viaje de Xi, el embajador chino en Washington, Xie Feng, pidió evitar un nuevo “telón de silicio” y una “guerra de las galaxias” en torno a la inteligencia artificial.

Pese a todo, también hay espacio para la cooperación. Ambos gobiernos estudian ampliar el diálogo sobre los riesgos asociados a la IA y posibles mecanismos de comunicación ante incidentes graves, aunque la desconfianza mutua limita por ahora las posibilidades de una coordinación más grande.

A las disputas tradicionales entre Estados Unidos y China se sumó en los últimos meses la guerra contra Irán.

Washington pretende aumentar el aislamiento económico de Teherán y considera que Beijing podría desempeñar un papel importante por sus estrechos vínculos con la República Islámica. China es el principal comprador de petróleo iraní y reivindica su derecho a mantener relaciones comerciales con el país persa.

Trump ratificó recientemente una legislación que permite imponer nuevos aranceles a los países que compren petróleo y gas de Irán y Rusia, una medida que podría alcanzar a China.

Por ahora, sin embargo, Washington evitó anunciar nuevas sanciones contra Beijing y sus principales bancos antes de la visita de Xi.

Así como Irán ganó espacio en la agenda bilateral, Taiwán sigue siendo uno de los temas más delicados de la relación.

China considera a la isla parte de su territorio y no descarta recurrir a la fuerza para lograr la reunificación. Estados Unidos, que no mantiene relaciones diplomáticas oficiales con Taipéi, sostiene desde hace décadas una política de “una sola China”, pero mantiene vínculos con Taiwán y está obligado por su legislación a proporcionarle medios para su defensa.

Xi probablemente volverá a reclamar a Trump que limite las ventas estadounidenses de armamento a la isla. Washington aprobó un paquete de armas por unos 11.000 millones de dólares, mientras otro acuerdo, valorado en cerca de 14.000 millones, permanece paralizado desde hace meses.

Trump describió ese segundo paquete como un “muy buen activo de negociación”, lo que alimentó las dudas sobre hasta qué punto Taiwán puede aparecer vinculado a las conversaciones comerciales y geopolíticas con Beijing.

Antes de partir hacia Washington, China volvió a marcar sus límites. El embajador Xie Feng definió a Taiwán, el sistema político chino y el “derecho al desarrollo” del país como “líneas rojas” que Estados Unidos no debería cruzar.

La visita será la primera de Xi a la Casa Blanca en más de una década y tiene lugar cuatro meses después de que Trump viajara a Beijing. Ambos gobiernos intentan mostrar que, pese a la creciente competencia entre las dos potencias, todavía existen mecanismos para trabajar sus diferencias.

De todas maneras, no se espera que el encuentro del jueves termine con un gran acuerdo. Tampoco está prevista una conferencia de prensa conjunta ni una declaración común al finalizar las conversaciones, y ambos gobiernos podrían presentar por separado sus propios balances.

Con EFE, Reuters y AP

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