Estresores invisibles: la amenaza silenciosa que acelera la degradación de los ríos más allá de la minería

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Este artículo fue publicado originalmente en El Día.

Santo Domingo. Aunque la minería a cielo abierto suele ser el estresor ambiental más visible por su impacto directo, expertos advierten que existen “estresores silenciosos” que están alterando de forma igual o, incluso más profunda, los ecosistemas acuáticos y los yacimientos de agua a nivel global.

Estudios alertan que los ríos están “digiriendo” la materia orgánica a un ritmo sin precedentes, un fenómeno vinculado a la acumulación de múltiples factores de estrés ambiental. Esta aceleración de la descomposición biológica no solo amenaza la biodiversidad, sino que también contribuye al cambio climático, al liberar mayores cantidades de dióxido de carbono (CO₂) y metano a la atmósfera.

Los ecosistemas dominicanos enfrentan están amenazados por múltiples estresores ambientales, caracterizada por la degradación de recursos naturales, la pérdida de biodiversidad y una alta vulnerabilidad al cambio climático, a pesar de que el país emite menos del 0,1% de los gases de efecto invernadero globales.

Si bien la minería genera impactos evidentes como sedimentación y contaminación por metales pesados, otros factores menos visibles como la agricultura intensiva están ejerciendo una presión constante.

El uso excesivo de fertilizantes y pesticidas provoca eutrofización, un fenómeno que acelera la descomposición hasta agotar el oxígeno del agua, creando “zonas muertas”. Además, los químicos eliminan organismos clave en este proceso, como hongos acuáticos y macroinvertebrados.

La tala de árboles, la quema y la agricultura no sostenible en las cuencas altas (especialmente en la Cordillera Central) aceleran la erosión del suelo, disminuyen la capacidad de captación de agua y aumentan el riesgo de inundaciones.

Además, la extracción de arena y grava del lecho de los ríos (ej. Río Tireo, Río Guayubín) ha destruido ecosistemas acuáticos, provocado la desaparición de ríos, reducido el caudal de agua para consumo humano y riego agrícola, y causado la pérdida de cosechas.

La descomposición, proceso mediante el cual hongos y bacterias degradan hojas y materia orgánica, es esencial para el equilibrio de los ecosistemas. Sin embargo, investigaciones recientes publicadas en Nature Geoscience advierten que la actividad humana ha alterado este ciclo.

El aumento de la temperatura del agua, combinado con la presencia de nutrientes y contaminantes, está acelerando este proceso. Como consecuencia, el carbono que normalmente alimentaría la cadena trófica se libera prematuramente a la atmósfera, debilitando los ecosistemas acuáticos.

Más allá de la minería

Las ciudades actúan como estresores permanentes. El asfalto impide la recarga de acuíferos, mientras que la lluvia arrastra contaminantes, aceites, microplásticos y residuos industriales, hacia los ríos, alterando su composición química.

Un estresor emergente es la presencia de medicamentos en el agua. Sustancias como antibióticos y hormonas, provenientes de aguas residuales domésticas, afectan el comportamiento de los organismos descomponedores y alteran los procesos biológicos naturales.

La fragmentación de los ríos modifica el flujo natural de sedimentos y nutrientes. El estancamiento del agua cambia su temperatura y reduce la capacidad del ecosistema para procesar materia orgánica de forma equilibrada.

Efecto acumulativo y consecuencias

Investigaciones de organismos internacionales han demostrado que la combinación de estos estresores reduce drásticamente la capacidad de resiliencia de los ecosistemas. Factores como sequía, contaminación y aumento de temperatura actúan de forma simultánea, generando un impacto mayor que la suma de sus partes.

Este desequilibrio afecta directamente la biodiversidad: la alteración de la descomposición impacta la cadena alimentaria, reduce las poblaciones de peces y compromete el sustento de comunidades que dependen de estos recursos. Además, disminuye la capacidad natural de los ríos para filtrar agua y regular el clima.

Los especialistas coinciden en que centrar el debate únicamente en los grandes focos visibles, como la minería, puede dejar en segundo plano amenazas igual de peligrosas. Los llamados estresores silenciosos, derivados de actividades cotidianas y sectores productivos, están transformando los ecosistemas de manera progresiva pero sostenida.

La lucha contra el cambio climático no solo pasa por reducir emisiones industriales, sino también por proteger la salud de los ríos y controlar las fuentes de contaminación menos evidentes.

Porque, en última instancia, el deterioro de estos sistemas no solo afecta a la naturaleza, sino que compromete directamente el equilibrio ambiental del que depende la vida humana.

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