Los que ya tenemos una edad hemos crecido con algunos miedos difíciles de explicar a nuestros hijos: Que Skynet tomara conciencia y decidiera exterminarnos. Que un día llamaran a la puerta de tu casa y estuvieran Ricky Martin e Isabel Gemio. O que cualquier muñeco de tu cuarto estuviera poseído e intentara matarte por la noche. De las tres, yo siempre he llevado bastante peor la de Skynet.
Desde que vi la primera película de Terminator he dado por hecho que enseñar a pensar a las máquinas sólo podía acabar mal. Imaginaba que un día la inteligencia artificial despertaría, vería en lo que se estaba convirtiendo la humanidad y decidiría que hasta aquí habíamos llegado.
Lo que nunca se me ocurrió es que no iba a necesitar rebelarse, ni fabricar schwarzeneggeres de metal para matarnos. Porque la IA ya nos está ganando por aburrimiento y, sobre todo, porque somos unos vagos. Tengo amigos que preguntan a ChatGPT qué ponerse para ir a cenar. Otros que abren la nevera, hacen una foto y esperan que les resuelva qué pueden cocinar con un calabacín, dos huevos y medio bote de mayonesa.
Otros le copian conversaciones enteras de whatsapp para preguntarle si creen que su pareja está enfadada, con la esperanza de que una máquina les explique si el «vale» de su mujer significa «vale» o que esa noche duerme en el sofá. También le preguntamos qué regalar a nuestra madre, dónde ir de vacaciones, cómo contestar el correo de un pesado, o incluso si debemos volver con un ex, que ya son ganas de delegar responsabilidades. Yo también uso la inteligencia artificial, por supuesto.
Me ayuda a buscar información, a ordenar cosas, a entender mis análisis de sangre, y alguna vez me da una idea que no se me había ocurrido. Pero últimamente me he sorprendido en un par de ocasiones dispuesto a consultarle alguna estupidez como si mi camisa azul conjunta con unos pantalones vaqueros negros, y ahí intento conservar cierta dignidad: Federico, esto todavía puedes resolverlo tú. Y creo que precisamente ahí está el asunto: Nos pasamos décadas temiendo que la inteligencia artificial fuera demasiado inteligente y resulta que quizá el problema sea que nosotros nos estamos atontando demasiado.
Skynet puede quedarse tranquilamente sin hacer nada, ya nos ocupamos nosotros de todo. Cualquier día alguien dirá que estamos empezando a depender demasiado de la inteligencia artificial y nos parecerá preocupante, claro. Sacaremos el teléfono, abriremos ChatGPT y escribiremos: ¿Cómo puedo saber si dependo demasiado de la inteligencia artificial?. Y cuando leamos la respuesta, probablemente le preguntaremos también cómo podemos hacer para solucionarlo.


