Esta es la historia de una mochila

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Ver una mochila me da la sensación de libertad, de juventud, de aventura. La mochila se ha convertido en parte del vestuario de los jóvenes.

Una tarde, mientras viajaba, vi varias en un escaparate.

Había de varios colores: negra, azul, gris y hasta una rosada. Compré la gris que va más acorde con mis años. Me la probé de inmediato metiendo mis dos brazos y colgándola  a mis espaldas. Uffff, la sensación de juventud me invadió de inmediato, sentí deseos de viajar, de irme al campo, de montarme en un motor y, de haber tenido pelo, despeinarme con la brisa. Pensé que comprando la mochila rebajaría los años, me sentiría más liviano, pero al rato supe que ni la barriga, ni la torpeza de mis casi ochenta años desaparecerían, que todo era una ilusión, pero me negaba a aceptarlo.

Siempre había soñado con ser un artista que se moviera de ciudad en ciudad llevando sus actuaciones, durmiendo donde apareciera, recogiendo el dinero de las taquillas y sintiendo una gran satisfacción con los aplausos. Vivíamos la pandemia y soñar era deporte diario. Dos amigos, uno en Buenos Aires y otro en la Habana, comenzaron a dibujarse en mi firmamento de utopías.

-¿Qué tal «Cuentos a orillas del mar»? -le pregunté al porteño-, ¿te gusta la propuesta?

-Me gusta -contestó de inmediato y agregó- ponemos los títeres y algunas canciones y hacemos un espectáculo de no más de 50 minutos.

Y nos pusimos a trabajar y «Cuentos a orillas del mar» se convirtió en realidad y en éxito.

Celestino Esquerre, de Cuba, puso la música, Ivo Siffredi los títeres y montó El principito, y yo los cuentos.

Desaparecieron las distancias y ambos llegaron a mi país para comenzar la aventura. El sueño comenzó a cristalizarse y, sin pensarlo mucho, lo que surgió como una idea imposible se convirtió en realidad y celebración. Los escenarios comenzaron a aparecer, Casa de Teatro por supuesto. Altos de Chavón, Cap Cana, Fe y Alegría, Puerto Plata, Centro León, La 37 por las Tablas, Gurabo Santiago, Arte Mar Cabarete, anfiteatro Nurín Sanlley y hasta hicimos cuatro presentaciones en un camión por algunos barrios de la capital.

Mi mochila gris me acompañaba a todas partes, en ella las cosas esenciales, varios calzoncillos, algunas camisetas, un cepillo de dientes y un libro. Cada vez, al terminar nuestras presentaciones, hacemos fiesta, muchas de las veces conversamos con nuestro publico y escuchamos sus comentarios. Ni la edad ni la barriga ni las arrugas desaparecían físicamente, pero interiormente sentía que esa juventud eterna de soñador que realiza sus sueños llegaba a su tope.

Debo confesarlo, una mochila me ha esbozado un sonrisa en el alma ya imposible de borrar. Nada como el teatro, nada como los amigos, el público y la cantidad de abrazos que cultivo para hacerme sentir vivo y feliz y transmitirlo a quienes me rodean.

No sé si la mochila o yo, pero de que el milagro se produce se produce.

Cómprense una ya y solo lleven lo que les quepa… ¡¡¡Qué liberación!!!

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